Cantonalismos de ayer, hoy y siempre...
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El primer experimento republicano de la historia de España, terminó casi tan mal como el segundo.
Suele ser recordado en los libros de historia como ejemplo de inestabilidad institucional, gobiernos breves e ineficaces y sobre todo, por el intento de organización federal del Estado que devino en atomización cantonal y posterior espiral revolucionaria. Hoy quiero recordar lo tragicómico de aquellos episodios de nuestra historia y su reverberación en el tiempo. Episodios que de seguro moverían a hilaridad por lo que tienen de grotesco y cómico, de no haber implicado desórdenes, linchamientos, ajustes de cuentas, robos, latrocinios y las bases de posteriores calamidades históricas.
En 1870, llega a España Amadeo de Saboya, hombre voluntarioso al que le había sido ofrecido el trono tras la gloriosa del 68 y la caída de Isabel II. Por desgracia, el atentado anarquista que costó la vida a Prim, su principal paladín y árbitro ante las familias del arco ideológico, fue un mal presagio para su reinado y anticipó la demencia en que el país habría de sumirse en los años siguientes. Los intereses divergentes de esas familias ideológicas y su incapacidad para llegar a acuerdos, hicieron ingobernable al país y desesperaron al Rey, que tomó el camino de vuelta a Italia echando pestes de los españoles.
La abdicación de Amadeo desembocó por la fuerza de los acontecimientos en el advenimiento de la Primera República Española, un régimen nacido como solución de urgencia al punto muerto en que se encontraba la vida política. Nace la República con el germen de su propia muerte: la ilegalidad que suponía su votación por las dos cámaras de representantes en sesión única y conjunta, extremo que desbordaba la entonces vigente constitución de 1869. No era aquel un buen comienzo, pues no venía con arreglo a la legalidad e implicaba la deslegitimación del régimen a ojos de sus detractores, quienes no tardarían en empezar a conspirar contra él.
Colección de esperpentos de la Primera República.
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El primer experimento republicano de la historia de España, terminó casi tan mal como el segundo.
Suele ser recordado en los libros de historia como ejemplo de inestabilidad institucional, gobiernos breves e ineficaces y sobre todo, por el intento de organización federal del Estado que devino en atomización cantonal y posterior espiral revolucionaria. Hoy quiero recordar lo tragicómico de aquellos episodios de nuestra historia y su reverberación en el tiempo. Episodios que de seguro moverían a hilaridad por lo que tienen de grotesco y cómico, de no haber implicado desórdenes, linchamientos, ajustes de cuentas, robos, latrocinios y las bases de posteriores calamidades históricas.
En 1870, llega a España Amadeo de Saboya, hombre voluntarioso al que le había sido ofrecido el trono tras la gloriosa del 68 y la caída de Isabel II. Por desgracia, el atentado anarquista que costó la vida a Prim, su principal paladín y árbitro ante las familias del arco ideológico, fue un mal presagio para su reinado y anticipó la demencia en que el país habría de sumirse en los años siguientes. Los intereses divergentes de esas familias ideológicas y su incapacidad para llegar a acuerdos, hicieron ingobernable al país y desesperaron al Rey, que tomó el camino de vuelta a Italia echando pestes de los españoles.
La abdicación de Amadeo desembocó por la fuerza de los acontecimientos en el advenimiento de la Primera República Española, un régimen nacido como solución de urgencia al punto muerto en que se encontraba la vida política. Nace la República con el germen de su propia muerte: la ilegalidad que suponía su votación por las dos cámaras de representantes en sesión única y conjunta, extremo que desbordaba la entonces vigente constitución de 1869. No era aquel un buen comienzo, pues no venía con arreglo a la legalidad e implicaba la deslegitimación del régimen a ojos de sus detractores, quienes no tardarían en empezar a conspirar contra él.
Colección de esperpentos de la Primera República.
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La dimisión de Figueras.
El primero de los cuatro presidentes que tuvo la república federal en menos de un año fue Estanislao Figueras, catalán progresista y luego demócrata que evolucionó políticamente hacia el republicanismo federal.
La gestión de Figueras, quien ostentó el poder ejecutivo entre febrero y Junio de 1873, se vio jalonada de graves acontecimientos que sumieron al país en la peor crisis política de su siglo, solo igualada quizás, por la “francesada” antes y el desastre del 98
después. Las tres “C” de la crisis, Cantonalismo, Carlismo y Cuba, desataron en España la peculiar tribulación de tener que librar tres guerras civiles de forma simultánea, al tiempo que las facciones en la corriente republicana se enfrentaban por un modelo constitucional que satisficiera a todos.
Tras cuatro meses de desencuentros entre republicanos unitarios y federalistas para la redacción de una Constitución, Figueras, hombre cabal y de rectas maneras, explotó a comienzos de Junio en un consejo de gobierno. Mientras los ministros parloteaban desordenadamente sin ponerse de acuerdo, cuentan que gritó en catalán: “Senyors, ja no puc més. Estic fins als collons de tots vostès!” sentencia de traducción innecesaria y que describe por sí sola el galimatías en el seno del propio gobierno. Al día siguiente, sin dar parte a nadie, escribió su carta de dimisión, la dejó sobre el escritorio y salió a dar una paseo por el parque del Retiro.
Sus compañeros de causa y partido, extrañados por la ausencia del presidente pudieron leer al cabo de dos días un telegrama con noticias de Figueras:
“Soy Figueras...“STOP”...estoy en París...”STOP“...llegué bien...”STOP“...saludos”
Su reprochable pero comprensible deserción, refleja el caos instalado en la recién nacida República Española y le equipara al rey Amadeo en su desesperación y huida ante la realidad de la España de entonces.
Pérez Galdós dedica uno de sus últimos Episodios Nacionales a retratar la España de la Primera República. Con una mezcla de humor y cinismo, el genial canario describe la fuga de Figueras: ”Don Estanislao Figueras, cogió el tren sin decir nada a nadie, y de un tirón se plantó en Francia. Inaudito suceso, caso de flagrante deserción que nadie pudo explicar en aquellos días. ¿Qué motivó esta fuga? ¿El hastío, el miedo, la convicción de la vacuidad bullanguera de las Constituyentes? Hasta pasadas veinticuatro horas no se tuvo noticia cierta de la fuga del que había sido figura eminente de la primera República española. Del estupor que sentí ante suceso tan grave, que era el mayor descrédito de la Causa, me puse malo. Al despedirme de mis amigos en la Tribuna de la Prensa, no podía tenerme en pie. Salí tambaleándome. A mi parecer bajé rodando, a gatas, o no sé cómo... Pensé que el aire de la calle me despejaría la cabeza; pero no fue así...”
Las elecciones constituyentes
Las elecciones constituyentes de mayo son un ejemplo de cómo la democracia mal entendida puede ser una bomba de relojería de consecuencias impredecibles. La participación no llegó a un tercio del cuerpo electoral y aunque su legitimidad legal quedó intacta, no así la representatividad de los comicios y de la Carta Magna que de ellos habría de salir. La victoria de los federalistas se dio en un marco de escasísima participación en la que se mantuvieron al margen el resto de fuerzas políticas y sociales: Monárquicos Carlistas, entonces en guerra y pronto con su propia corte capitalina en Estella; monárquicos Alfonsinos que conspiraban a favor de la Restauración borbónica con Cánovas a la cabeza; la izquierda obrera que empezaba a descollar a instancias de la AIT; y los republicanos unitarios que habían instigado un golpe de Estado contra Figueras barruntándose el inminente caos del cantonalismo.
El cantón de Jumilla
La nueva constitución, que nunca llegó a ser redactada en su totalidad, preveía una organización federal a la manera de los EE UU. España quedaría articulada en 17 Estados autónomos con su propio poder ejecutivo, legislativo y judicial, que cederían parte de su soberanía al poder central de la República en la representación de los intereses nacionales.
Sin embargo, antes de que la Carta Magna hubiese sido concluida, la revolución cantonalista se extendió como un reguero de pólvora. No en los 17 estados regionales históricos, como estaba siendo debatido, sino en una pléyade de cantones locales independientes y minúsculos; entre ellos las “naciones” de Valencia, Alcoy, Cartagena, Sevilla... y la más pintoresca y efímera, la nación de Jumilla cuyo manifiesto fundacional no me resisto a incluir:
“La nación jumillana desea vivir en paz con todas las naciones vecinas y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar, en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra.”
“Castillo San Julián enarbola bandera turca”
El esperpento cantonalista deja de tener un matiz risible cuando los insurrectos cuentan con recursos para ejercer la fuerza y la extorsión como en el caso de Cartagena y de su líder local, el afable Antonete Gálvez.
La enseña bermellona erigida por los cantonales cartageneros, motivó otra de tantas anécdotas tragicómicas de aquel verano de las taifas. Al triunfo de la insurrección, en medio del caos y la confusión propia del momento, un despacho de la capitanía llegó al Ministerio de Marina informando de una singular noticia en una de las fortalezas de la base naval: “Castillo San Julián enarbola bandera turca”. Esto llevó al ministro a preguntarse si se habían vuelto todos locos en Cartagena, lo que efectivamente había pasado en la milenaria ciudad y en media España.
Cartagena contaba con el arsenal y la flota, lo que le permitió mantener su bandera roja cantonal en el castillo de San Julián además de saquear las “naciones” vecinas de Almería y Alicante. Gálvez resistió el asedio de las fuerzas “centralistas” hasta enero del año siguiente 1874, cuando el general Martínez Campos redujo la ciudad a escombros.
El régimen federalista, incapaz de contener los frentes que tenía abiertos en el norte carlista, el sur y levante cantonal, y en las colonias del caribe cedió el testigo a los unitarios, partidarios de una República centralista. El general Serrano la gobernó mediante decretos como candidato de consenso entre todas las familias políticas en una suerte de dictadura personal. Fue sucedido por Sagasta en Septiembre, quien vio con buenos ojos el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto, que trajo la restauración alfonsina y puso punto final a la malhadada Primera República.
Uno de los aspectos positivos de la charlotada republicana de 1873, fue la voluntad de los federalistas por acometer la vertebración del Estado, asignatura pendiente y enfermedad crónica de la vieja España. Lamentablemente el proyecto fracasó por la corrupción intelectual de la idea federalista, convertida en el cantonalismo ultralocal instigado por los caciques. En su interés por reforzar su poder en estos modernos "feudos", no calcularon que la idea se volvería en su contra, en forma de revolución social e innumerables desórdenes de los que fueron víctima sus vidas y haciendas.
El debate sobre el federalismo y la vertebración viable del Estado sigue en plena vigencia hoy día, con las tristes barreras y desencuentros que se levantan en la España de las Autonomías como telón de fondo. En la España de hoy felizmente, la “Nación de Jumilla” parece haber abandonado su resuelta amenaza de no dejar piedra sobre piedra de la “nación murciana”, lo que es de agradecer y un avance en la vertebración de la nación.
La sátira ridícula del cantón alecciona contra el ultralocalismo, mientras que un análisis del federalismo equilibrado y bien entendido, ayuda a curar el centralismo hermético y prevenir desencuentros. Ambos males, ultralocalismo y centralismo, encuentran en este episodio de nuestra historia argumentos de reflexión y motivos de sonrojo.
El primero de los cuatro presidentes que tuvo la república federal en menos de un año fue Estanislao Figueras, catalán progresista y luego demócrata que evolucionó políticamente hacia el republicanismo federal.
La gestión de Figueras, quien ostentó el poder ejecutivo entre febrero y Junio de 1873, se vio jalonada de graves acontecimientos que sumieron al país en la peor crisis política de su siglo, solo igualada quizás, por la “francesada” antes y el desastre del 98
después. Las tres “C” de la crisis, Cantonalismo, Carlismo y Cuba, desataron en España la peculiar tribulación de tener que librar tres guerras civiles de forma simultánea, al tiempo que las facciones en la corriente republicana se enfrentaban por un modelo constitucional que satisficiera a todos.Tras cuatro meses de desencuentros entre republicanos unitarios y federalistas para la redacción de una Constitución, Figueras, hombre cabal y de rectas maneras, explotó a comienzos de Junio en un consejo de gobierno. Mientras los ministros parloteaban desordenadamente sin ponerse de acuerdo, cuentan que gritó en catalán: “Senyors, ja no puc més. Estic fins als collons de tots vostès!” sentencia de traducción innecesaria y que describe por sí sola el galimatías en el seno del propio gobierno. Al día siguiente, sin dar parte a nadie, escribió su carta de dimisión, la dejó sobre el escritorio y salió a dar una paseo por el parque del Retiro.
Sus compañeros de causa y partido, extrañados por la ausencia del presidente pudieron leer al cabo de dos días un telegrama con noticias de Figueras:
“Soy Figueras...“STOP”...estoy en París...”STOP“...llegué bien...”STOP“...saludos”
Su reprochable pero comprensible deserción, refleja el caos instalado en la recién nacida República Española y le equipara al rey Amadeo en su desesperación y huida ante la realidad de la España de entonces.
Pérez Galdós dedica uno de sus últimos Episodios Nacionales a retratar la España de la Primera República. Con una mezcla de humor y cinismo, el genial canario describe la fuga de Figueras: ”Don Estanislao Figueras, cogió el tren sin decir nada a nadie, y de un tirón se plantó en Francia. Inaudito suceso, caso de flagrante deserción que nadie pudo explicar en aquellos días. ¿Qué motivó esta fuga? ¿El hastío, el miedo, la convicción de la vacuidad bullanguera de las Constituyentes? Hasta pasadas veinticuatro horas no se tuvo noticia cierta de la fuga del que había sido figura eminente de la primera República española. Del estupor que sentí ante suceso tan grave, que era el mayor descrédito de la Causa, me puse malo. Al despedirme de mis amigos en la Tribuna de la Prensa, no podía tenerme en pie. Salí tambaleándome. A mi parecer bajé rodando, a gatas, o no sé cómo... Pensé que el aire de la calle me despejaría la cabeza; pero no fue así...”
Las elecciones constituyentes
Las elecciones constituyentes de mayo son un ejemplo de cómo la democracia mal entendida puede ser una bomba de relojería de consecuencias impredecibles. La participación no llegó a un tercio del cuerpo electoral y aunque su legitimidad legal quedó intacta, no así la representatividad de los comicios y de la Carta Magna que de ellos habría de salir. La victoria de los federalistas se dio en un marco de escasísima participación en la que se mantuvieron al margen el resto de fuerzas políticas y sociales: Monárquicos Carlistas, entonces en guerra y pronto con su propia corte capitalina en Estella; monárquicos Alfonsinos que conspiraban a favor de la Restauración borbónica con Cánovas a la cabeza; la izquierda obrera que empezaba a descollar a instancias de la AIT; y los republicanos unitarios que habían instigado un golpe de Estado contra Figueras barruntándose el inminente caos del cantonalismo.
El cantón de Jumilla
La nueva constitución, que nunca llegó a ser redactada en su totalidad, preveía una organización federal a la manera de los EE UU. España quedaría articulada en 17 Estados autónomos con su propio poder ejecutivo, legislativo y judicial, que cederían parte de su soberanía al poder central de la República en la representación de los intereses nacionales.
Sin embargo, antes de que la Carta Magna hubiese sido concluida, la revolución cantonalista se extendió como un reguero de pólvora. No en los 17 estados regionales históricos, como estaba siendo debatido, sino en una pléyade de cantones locales independientes y minúsculos; entre ellos las “naciones” de Valencia, Alcoy, Cartagena, Sevilla... y la más pintoresca y efímera, la nación de Jumilla cuyo manifiesto fundacional no me resisto a incluir:
“La nación jumillana desea vivir en paz con todas las naciones vecinas y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar, en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra.”
“Castillo San Julián enarbola bandera turca”
El esperpento cantonalista deja de tener un matiz risible cuando los insurrectos cuentan con recursos para ejercer la fuerza y la extorsión como en el caso de Cartagena y de su líder local, el afable Antonete Gálvez.
La enseña bermellona erigida por los cantonales cartageneros, motivó otra de tantas anécdotas tragicómicas de aquel verano de las taifas. Al triunfo de la insurrección, en medio del caos y la confusión propia del momento, un despacho de la capitanía llegó al Ministerio de Marina informando de una singular noticia en una de las fortalezas de la base naval: “Castillo San Julián enarbola bandera turca”. Esto llevó al ministro a preguntarse si se habían vuelto todos locos en Cartagena, lo que efectivamente había pasado en la milenaria ciudad y en media España.
Cartagena contaba con el arsenal y la flota, lo que le permitió mantener su bandera roja cantonal en el castillo de San Julián además de saquear las “naciones” vecinas de Almería y Alicante. Gálvez resistió el asedio de las fuerzas “centralistas” hasta enero del año siguiente 1874, cuando el general Martínez Campos redujo la ciudad a escombros.
El régimen federalista, incapaz de contener los frentes que tenía abiertos en el norte carlista, el sur y levante cantonal, y en las colonias del caribe cedió el testigo a los unitarios, partidarios de una República centralista. El general Serrano la gobernó mediante decretos como candidato de consenso entre todas las familias políticas en una suerte de dictadura personal. Fue sucedido por Sagasta en Septiembre, quien vio con buenos ojos el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto, que trajo la restauración alfonsina y puso punto final a la malhadada Primera República.
Uno de los aspectos positivos de la charlotada republicana de 1873, fue la voluntad de los federalistas por acometer la vertebración del Estado, asignatura pendiente y enfermedad crónica de la vieja España. Lamentablemente el proyecto fracasó por la corrupción intelectual de la idea federalista, convertida en el cantonalismo ultralocal instigado por los caciques. En su interés por reforzar su poder en estos modernos "feudos", no calcularon que la idea se volvería en su contra, en forma de revolución social e innumerables desórdenes de los que fueron víctima sus vidas y haciendas.
El debate sobre el federalismo y la vertebración viable del Estado sigue en plena vigencia hoy día, con las tristes barreras y desencuentros que se levantan en la España de las Autonomías como telón de fondo. En la España de hoy felizmente, la “Nación de Jumilla” parece haber abandonado su resuelta amenaza de no dejar piedra sobre piedra de la “nación murciana”, lo que es de agradecer y un avance en la vertebración de la nación.
La sátira ridícula del cantón alecciona contra el ultralocalismo, mientras que un análisis del federalismo equilibrado y bien entendido, ayuda a curar el centralismo hermético y prevenir desencuentros. Ambos males, ultralocalismo y centralismo, encuentran en este episodio de nuestra historia argumentos de reflexión y motivos de sonrojo.
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Cantonalismos de ayer, hoy y siempre...
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Marcos A. Díaz








Gordon Brown Primer Ministro laborista de Gran Bretaña, dice ser profundo admirador, pásmense, de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher... El flamante PM se ve a sí mismo como un político de casta y convicciones “alla Thatcher”. Brown, está lejos hoy del bisoño parlamentario que fue en los 80 y que con tanta pasión criticaba sus políticas.



¿Qué ha pasado con el “milagro español”? ¿Por qué son nuestros sueldos tan bajos en comparación con otros países de Europa? ¿Por qué pagamos como europeos y cobramos como africanos? España es la 8ª economía del mundo y sin embargo cuando repartimos la riqueza por habitante la cosa no pinta tan bien: en PIB per capita saltamos al puesto nº 17 del ranking. La última década ha hecho más rica a España pero no a los españoles. Nuestro modelo de crecimiento engendra problemas sociales, que pueden asfixiarlo a medio plazo.
