La educación en el exterior (II)
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Analizábamos en un anterior texto, el beneficio cultural y económico de la exportación de la Hispanidad, a través de una red educativa a la altura de la de los países de nuestro entorno. Hoy centramos el foco, no sobre los grandes proyectos de difusión cultural, sino sobre el ciudadano y sus derechos; sobre los españoles emigrados y el derecho a que sus hijos reciban una enseñanza sobre nuestro plan de estudios y en el idioma de sus padres cuando estos así lo deseen.
El Estado español, con medios notablemente más modestos que otros países europeos, según vimos, se esfuerza por ofertar a esos ciudadanos una educación hispánica a través de la Acción Educativa Española en el Exterior (AEEE). Esta red está integrada por colegios y liceos, públicos o privados, de titularidad española y mixta, encaminados al doble objetivo de la exportación de la hispanidad y la adecuada atención a las necesidades escolares de la colonia emigrada, allá donde sea posible y rentable.
Los centros de titularidad española imparten enseñanzas oficiales de nuestro sistema en Londres, Roma y Lisboa. Existen dos más en París y Bogotá, seis en Andorra y diez en diversas ciudades de Marruecos. Su organigrama y planes de estudios son, con algunos matices, los de un centro público de nuestro país.
También existe un colegio de titularidad compartida con Brasil en Sao Paulo y otro con Argentina en Rosario. Sus titulaciones y planes de estudio son mixtos, así como sus funcionarios y profesores.
Asimismo el ministerio mantiene convenio con 11 centros en países Hispanoamericanos para la instrucción, como asignaturas adicionales a sus respectivos planes de estudio, de la Literatura, Geografía e Historia de España. En este caso el vínculo queda reducido a este particular, pues estos centros son autónomos en cuanto a gestión interna, contratación de su personal, principios e ideario.
Los niños-Edipo y su identidad lingüística.
No es extraño encontrar parejas jóvenes, expatriadas por motivos laborales que en ocasiones se enfrentan a una vida itinerante fuera del país. Es especialmente traumático para los chicos el cambio de sistema educativo cuando el trabajo de sus padres les trae de vuelta a España al cabo de un tiempo. Conforme aumenta su edad, también lo hace el peso de la escuela en su identidad, por el poder de socialización que esta ejerce en detrimento de la del hogar. El niño hispanohablante que llegó a Bruselas con diez años, seguro se enojará en francés con su padre a los 16 a causa de unas malas notas o por la hora de regreso a casa un fin de semana.
Las familias españolas residentes en el extranjero se enfrentan a menudo con la amenaza del desarraigo de sus hijos. La escuela del país de adopción suele ser un excelente vehículo de integración cultural, pero naturalmente corta amarras con la lengua y cultura maternas, circunscritas a la casa del muchacho. La diferencia entre hogares a la hora de afrontar la bipolaridad identitaria del ”expat”, depende de múltiples variables e incluso entre hermanos de una misma familia, puede haber quien acepta y usa la lengua de sus padres en casa, mientras otro la niega y reniega hasta perder su fluidez en ella.
En los casos de estos niños-Edipo que tratan de matar el recuerdo de sus raíces paternas, es imprescindible conjugar la integración en la cultura de adopción, con una enseñanza en español que les permita ampliar habilidades en lugar de atrofiarlas.
Dos lenguas mejor que una. Dos patrias mejor que ninguna.
Marcos A. Díaz

Analizábamos en un anterior texto, el beneficio cultural y económico de la exportación de la Hispanidad, a través de una red educativa a la altura de la de los países de nuestro entorno. Hoy centramos el foco, no sobre los grandes proyectos de difusión cultural, sino sobre el ciudadano y sus derechos; sobre los españoles emigrados y el derecho a que sus hijos reciban una enseñanza sobre nuestro plan de estudios y en el idioma de sus padres cuando estos así lo deseen.
El Estado español, con medios notablemente más modestos que otros países europeos, según vimos, se esfuerza por ofertar a esos ciudadanos una educación hispánica a través de la Acción Educativa Española en el Exterior (AEEE). Esta red está integrada por colegios y liceos, públicos o privados, de titularidad española y mixta, encaminados al doble objetivo de la exportación de la hispanidad y la adecuada atención a las necesidades escolares de la colonia emigrada, allá donde sea posible y rentable.
Los centros de titularidad española imparten enseñanzas oficiales de nuestro sistema en Londres, Roma y Lisboa. Existen dos más en París y Bogotá, seis en Andorra y diez en diversas ciudades de Marruecos. Su organigrama y planes de estudios son, con algunos matices, los de un centro público de nuestro país.
También existe un colegio de titularidad compartida con Brasil en Sao Paulo y otro con Argentina en Rosario. Sus titulaciones y planes de estudio son mixtos, así como sus funcionarios y profesores.
Asimismo el ministerio mantiene convenio con 11 centros en países Hispanoamericanos para la instrucción, como asignaturas adicionales a sus respectivos planes de estudio, de la Literatura, Geografía e Historia de España. En este caso el vínculo queda reducido a este particular, pues estos centros son autónomos en cuanto a gestión interna, contratación de su personal, principios e ideario.
Los niños-Edipo y su identidad lingüística.
No es extraño encontrar parejas jóvenes, expatriadas por motivos laborales que en ocasiones se enfrentan a una vida itinerante fuera del país. Es especialmente traumático para los chicos el cambio de sistema educativo cuando el trabajo de sus padres les trae de vuelta a España al cabo de un tiempo. Conforme aumenta su edad, también lo hace el peso de la escuela en su identidad, por el poder de socialización que esta ejerce en detrimento de la del hogar. El niño hispanohablante que llegó a Bruselas con diez años, seguro se enojará en francés con su padre a los 16 a causa de unas malas notas o por la hora de regreso a casa un fin de semana.
Las familias españolas residentes en el extranjero se enfrentan a menudo con la amenaza del desarraigo de sus hijos. La escuela del país de adopción suele ser un excelente vehículo de integración cultural, pero naturalmente corta amarras con la lengua y cultura maternas, circunscritas a la casa del muchacho. La diferencia entre hogares a la hora de afrontar la bipolaridad identitaria del ”expat”, depende de múltiples variables e incluso entre hermanos de una misma familia, puede haber quien acepta y usa la lengua de sus padres en casa, mientras otro la niega y reniega hasta perder su fluidez en ella.
En los casos de estos niños-Edipo que tratan de matar el recuerdo de sus raíces paternas, es imprescindible conjugar la integración en la cultura de adopción, con una enseñanza en español que les permita ampliar habilidades en lugar de atrofiarlas.
Dos lenguas mejor que una. Dos patrias mejor que ninguna.
Marcos A. Díaz














