martes 7 de julio de 2009

Aristofobia orteguiana y alumnos de Altas Capacidades.

Artículo publicado en "La Nueva España" (17/07/09)

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Decía Ortega en “España invertebrada” que la Aristofobia, u odio a los mejores, es el endémico mal que aqueja a nuestro país, causa secular de su decadencia y la peor perversión en la que un pueblo puede caer. Para el gran pensador, la nación que no reconoce y valora a sus mejores está ciega. No ve cómo despilfarra pródiga el talento de quienes mejor pueden guiarla en la consecución del bien común y a menudo les ahoga envidiosa cuando no directamente los aniquila.


La encarnación deliberada o inconsciente de esa Aristofobia orteguiana encuentra su asiento de vez en cuando en nuestras escuelas.

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Los mecanismos de atención al alumnado de altas capacidades no siempre son vistos con buenos ojos e incluso son objeto de boicot allí donde prosperan los equivocados prejuicios de la uniformización.

Las “Altas Capacidades” no sólo son un eufemismo del término superdotación que se aplica a porcentajes mínimos de la población escolar. Engloban todos los perfiles de alumnado por encima de la media, analizados cuantitativa o cualitativamente y sea cual sea la ventaja, particularidad o talento especial que manifiesten.

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El objetivo de la educación es ayudar a cada alumno en la consecución de su grado óptimo de desarrollo cultural y personal en función de las vocaciones y aptitudes que manifieste y a fin de que pueda prosperar en la vida adulta con plenitud.

Si eso es válido para quien queda rezagado ¿no habría de serlo también para quien va por delante?


Si la respuesta es afirmativa, sorprendería la suspicacia con que son acogidas por algunos claustros las iniciativas de atención a alumnos con altas capacidades e igualmente asombraría que rechazaran o ralentizasen su puesta en práctica en nombre de no se sabe qué criterios integradores.


Uno de los meritorios anhelos de nuestro sistema ha sido siempre la integración, la reunión de alumnos con diversas actitudes y aptitudes en el seno común de la escuela igualadora. No obstante ese mismo sistema dispone procedimientos en los que la integración es tratada con flexibilidad: los alumnos que lo precisan salen puntualmente de su grupo de referencia y reciben refuerzos por parte de profesionales cualificados. Si cumplen los requisitos para ello, incluso se agrupan en programas de diversificación o adaptación curricular en grupo que rompen sin problema el espíritu de la integración.


Los alumnos sobredotados tienen el derecho a que su diversidad sea atendida en el sistema educativo público tanto como aquellos que necesitan refuerzos compensatorios.


No ha faltado presupuesto, espacios, horas y recursos materiales para la necesaria atención a la diversidad de quienes no alcanzan los objetivos dentro del currículo y/o grupo ordinario. Por contra, ha prosperado la idea de que las necesidades de éstos son de primer orden y las de aquéllos secundarias en tanto que pueden valerse por sí mismos. Ésa teoría es errónea: el 35% de los chicos diagnosticados con Altas Capacidades sufre fracaso escolar. En la mayoría de los casos, la desmotivación que supone el currículo ordinario les lleva del hastío al abandono, ya sea por una diagnosis tardía de sus aptitudes o la atención insuficiente de sus necesidades educativas.


Con los años hemos conseguido que nadie se atreva a ver a los chicos de los programas de adaptación y diversificación como el “tonto” o el “retasado” y les hemos sacado adelante. De igual modo y con idéntica normalidad, acabarán por asumirse los programas de Altas Capacidades en la vida del centro sin que sus alumnos sean calificados por ningún estamento de la comunidad educativa como los “listos” o los “elitistas”.

La secular aristofobia de la España invertebrada puede y debe ser superada con un estímulo añadido: atender a la diversidad de nuestros alumnos sin miedos ni prejuicios.


Dice la leyenda urbana que al ser presentado Ortega al torero Rafael Gómez “El Gallo”, éste preguntó intrigado qué era eso de “filósofo”. Cuando le explicaron que los filósofos son gente que se dedica a pensar, afirmó extrañado: “…hay gente pa’ tó”.

La diversidad de la escuela es una metáfora de la diversidad de la sociedad y la vida en las que efectivamente hay y debe haber siempre gente para todo; incluso futuros “Aristoi”.


Derecho de unos, beneficio de todos.


Marcos A. Díaz