jueves 26 de junio de 2008

De las familias emigradas y la educación de sus hijos.

La educación en el exterior (II)
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Analizábamos en un anterior texto, el beneficio cultural y económico de la exportación de la Hispanidad, a través de una red educativa a la altura de la de los países de nuestro entorno. Hoy centramos el foco, no sobre los grandes proyectos de difusión cultural, sino sobre el ciudadano y sus derechos; sobre los españoles emigrados y el derecho a que sus hijos reciban una enseñanza sobre nuestro plan de estudios y en el idioma de sus padres cuando estos así lo deseen.

El Estado español, con medios notablemente más modestos que otros países europeos, según vimos, se esfuerza por ofertar a esos ciudadanos una educación hispánica a través de la Acción Educativa Española en el Exterior (AEEE). Esta red está integrada por colegios y liceos, públicos o privados, de titularidad española y mixta, encaminados al doble objetivo de la exportación de la hispanidad y la adecuada atención a las necesidades escolares de la colonia emigrada, allá donde sea posible y rentable.

Los centros de titularidad española imparten enseñanzas oficiales de nuestro sistema en Londres, Roma y Lisboa. Existen dos más en París y Bogotá, seis en Andorra y diez en diversas ciudades de Marruecos. Su organigrama y planes de estudios son, con algunos matices, los de un centro público de nuestro país.
También existe un colegio de titularidad compartida con Brasil en Sao Paulo y otro con Argentina en Rosario. Sus titulaciones y planes de estudio son mixtos, así como sus funcionarios y profesores.

Asimismo el ministerio mantiene convenio con 11 centros en países Hispanoamericanos para la instrucción, como asignaturas adicionales a sus respectivos planes de estudio, de la Literatura, Geografía e Historia de España. En este caso el vínculo queda reducido a este particular, pues estos centros son autónomos en cuanto a gestión interna, contratación de su personal, principios e ideario.

Los niños-Edipo y su identidad lingüística.

No es extraño encontrar parejas jóvenes, expatriadas por motivos laborales que en ocasiones se enfrentan a una vida itinerante fuera del país. Es especialmente traumático para los chicos el cambio de sistema educativo cuando el trabajo de sus padres les trae de vuelta a España al cabo de un tiempo. Conforme aumenta su edad, también lo hace el peso de la escuela en su identidad, por el poder de socialización que esta ejerce en detrimento de la del hogar. El niño hispanohablante que llegó a Bruselas con diez años, seguro se enojará en francés con su padre a los 16 a causa de unas malas notas o por la hora de regreso a casa un fin de semana.

Las familias españolas residentes en el extranjero se enfrentan a menudo con la amenaza del desarraigo de sus hijos. La escuela del país de adopción suele ser un excelente vehículo de integración cultural, pero naturalmente corta amarras con la lengua y cultura maternas, circunscritas a la casa del muchacho. La diferencia entre hogares a la hora de afrontar la bipolaridad identitaria del ”expat”, depende de múltiples variables e incluso entre hermanos de una misma familia, puede haber quien acepta y usa la lengua de sus padres en casa, mientras otro la niega y reniega hasta perder su fluidez en ella.

En los casos de estos niños-Edipo que tratan de matar el recuerdo de sus raíces paternas, es imprescindible conjugar la integración en la cultura de adopción, con una enseñanza en español que les permita ampliar habilidades en lugar de atrofiarlas.

Dos lenguas mejor que una. Dos patrias mejor que ninguna.

Marcos A. Díaz

miércoles 25 de junio de 2008

De la exportación de la Hispanidad en la educación.

La educación en el exterior (I)
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Desde hace décadas, las naciones europeas de nuestro entorno se han tomado como objetivo con fin en sí mismo, la difusión de sus respectivos idiomas y los valores culturales que les son propios. Ambos productos se sustancian a largo plazo en beneficios para sus economías e influencia política y diplomática en el tablero internacional.

Uno de los medios empleados en este propósito por Alemania, Francia y Gran Bretaña, es el desarrollo y sostenimiento en los cinco continentes de una tupida red de centros educativos estatales. En ellos se escolariza cada año a miles de jóvenes, nacionales emigrados y extranjeros, conforme a los planes de estudios, valores y lengua propios de cada una de ellas. Liceos Franceses o Colegios Alemanes, subvencionados o de titularidad estatal, representan un reclamo comercial para sus familias por el mero prestigio que sus respectivas naciones e idiomas representan.

La promoción de la hispanidad en el extranjero, es un activo de alta rentabilidad cultural y económica para nuestro país cuyo aprovechamiento, a diferencia de las naciones mencionadas más arriba, no está siendo optimizado por los poderes públicos. La poca inversión existente en este sector económico queda circunscrita en un 90% a los centros públicos del exterior.

Talentos bien invertidos. Los colegio alemanes y los liceos franceses.

Al igual que el protagonista de la parábola de los talentos, España parece no saber explotar un don de incalculable valor como es su lengua. Al contrario que él, España no ha recibido una única moneda sino un verdadero tesoro: un idioma universal con más de 400 millones de hablantes. Como el mal siervo de la parábola, entierra cicatera ese talento en lugar de acrecentarlo, donde otros menos afortunados no dudaron en darse lustre y difusión.

El Estado Alemán, cuyo idioma hablan 90 millones de locutores, ostenta la titularidad de 117 colegios en los más remotos lugares del globo. Todos funcionan con arreglo a un plan de estudios híbrido del país de referencia y el alemán, y comparten con otros centros subvencionados esa prestigiosa nomenclatura de “Colegio Alemán”. Además de las enseñanzas elementales y medias, la difusión de la lengua ocupa un lugar central a través de los 177 centros del Göethe-Institut, entidad con cerca de medio siglo de trayectoria.

Los franceses naturalmente no se quedan atrás, y haciendo honor a la notable difusión de su lengua y cultura en todo el mundo, financian 270 liceos franceses, repartidos en 166 países y con una especial implantación en Hispanoamérica. Además, la Aliance Française, equivalente de nuestro Instituto Cervantes, dispone de 1071 delegaciones autorizadas para la enseñanza y expedición de títulos homologados de francés. En estas instituciones el Estado galo solo representa el 5% de la financiación siendo significativo que el marchamo “lengua francesa” sea suficiente para hacer rentable las iniciativas privadas destinada a su impartición y aprendizaje.

Con ese esfuerzo económico, ambos países no compran materias primas ni engrasan voluntades de políticos locales; no venden automóviles, trenes de alta velocidad o productos químicos. Consiguen algo más importante y trascendente en lo que han tenido la visión de implicarse: venden intangibles grandezas, compran prestigio e influencia a través de la enseñanza nacional y en segundo término del valor de su idioma. Su lengua, cultura e influencia queda incardinada en los jóvenes extranjeros que crecen hablándola, empapados de su historia, hábitos, modos, costumbres...

Estas cifras convierten en raquíticos los modestos medios de los liceos españoles, que representan en el exterior no a 40 millones de compatriotas sino a 400 millones de hispanohablantes.

El sector público y el privado en la enseñanza exterior.

Otra tara en el desarrollo de la acción educativa española en el exterior es la falta de interlocución y coordinación entre el sector privado y el Estado. Los mejores agregados culturales de nuestras embajadas son los liceos españoles ya sean públicos o subvencionados. El apoyo e incentivo a las instituciones educativas privadas establecidas fuera de nuestras fronteras debiera ser tratado con especial mimo por el poder público, en tanto en cuanto éstas ejercen como nuncios de nuestra cultura desde los cimientos de los futuros ciudadanos extranjeros.

Muchas empresas educativas de proyección internacional, tanto en las enseñanzas elementales y medias como en la universitaria, son españolas o de origen español. Este es el caso de la Institución SEK, expandida en 11 países en los que ha abierto 16 colegios y 3 universidades; centros regidos, como es natural, con arreglo a los planes de estudio de cada país en los que están establecidos. A pesar de la implantación internacional de empresas como esta bajo el reclamo del español y la hispanidad como atributos de prestigio, sus centros no siempre expiden títulos homologados por el Estado español, algo que atraería este capital humano a nuestro país a largo plazo para continuar estudios superiores. Paradójicamente sólo existen 10 centros privados españoles en el extranjero autorizados a impartir enseñanza reglada española con sus consiguientes titulaciones.

El Estado invierte poco y mal en la proyección internacional de la Educación española y en español, desaprovechando un activo que se vende por sí mismo. El 90% de la acción educativa en el exterior es sufragada por el Ministerio de Educación estableciendo un escaso contacto con las empresas privadas del sector que cuentan ya con infraestructuras y tradición fuera de nuestras fronteras.

La audacia y sagacidad que han demostrado nuestros vecinos europeos en la exportación de sus valores a través de la educación son notables. No lo es menos la demanda de educación española en el extranjero que va pareja con el peso que la comunidad hispanohablante adquiere en el mundo actual.
Es por ello que las autoridades educativas pueden y deben aprender de tales ejemplos, aprovechar esas ventajas y aliarse con las empresas españolas del sector educativo exterior para la explotación de un recurso tan rentable hoy como mal administrado.

Un recurso al que llamamos Hispanidad.

Marcos A. Díaz

sábado 14 de junio de 2008

La Primera República Española o la locura del desgobierno.

Cantonalismos de ayer, hoy y siempre...
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (11/7/08)
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El primer experimento republicano de la historia de España, terminó casi tan mal como el segundo.
Suele ser recordado en los libros de historia como ejemplo de inestabilidad institucional, gobiernos breves e ineficaces y sobre todo, por el intento de organización federal del Estado que devino en atomización cantonal y posterior espiral revolucionaria. Hoy quiero recordar lo tragicómico de aquellos episodios de nuestra historia y su reverberación en el tiempo. Episodios que de seguro moverían a hilaridad por lo que tienen de grotesco y cómico, de no haber implicado desórdenes, linchamientos, ajustes de cuentas, robos, latrocinios y las bases de posteriores calamidades históricas.

En 1870, llega a España Amadeo de Saboya, hombre voluntarioso al que le había sido ofrecido el trono tras la gloriosa del 68 y la caída de Isabel II. Por desgracia, el atentado anarquista que costó la vida a Prim, su principal paladín y árbitro ante las familias del arco ideológico, fue un mal presagio para su reinado y anticipó la demencia en que el país habría de sumirse en los años siguientes. Los intereses divergentes de esas familias ideológicas y su incapacidad para llegar a acuerdos, hicieron ingobernable al país y desesperaron al Rey, que tomó el camino de vuelta a Italia echando pestes de los españoles.

La abdicación de Amadeo desembocó por la fuerza de los acontecimientos en el advenimiento de la Primera República Española, un régimen nacido como solución de urgencia al punto muerto en que se encontraba la vida política. Nace la República con el germen de su propia muerte: la ilegalidad que suponía su votación por las dos cámaras de representantes en sesión única y conjunta, extremo que desbordaba la entonces vigente constitución de 1869. No era aquel un buen comienzo, pues no venía con arreglo a la legalidad e implicaba la deslegitimación del régimen a ojos de sus detractores, quienes no tardarían en empezar a conspirar contra él.

Colección de esperpentos de la Primera República.
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La dimisión de Figueras.
El primero de los cuatro presidentes que tuvo la república federal en menos de un año fue Estanislao Figueras, catalán progresista y luego demócrata que evolucionó políticamente hacia el republicanismo federal.
La gestión de Figueras, quien ostentó el poder ejecutivo entre febrero y Junio de 1873, se vio jalonada de graves acontecimientos que sumieron al país en la peor crisis política de su siglo, solo igualada quizás, por la “francesada” antes y el desastre del 98 después. Las tres “C” de la crisis, Cantonalismo, Carlismo y Cuba, desataron en España la peculiar tribulación de tener que librar tres guerras civiles de forma simultánea, al tiempo que las facciones en la corriente republicana se enfrentaban por un modelo constitucional que satisficiera a todos.

Tras cuatro meses de desencuentros entre republicanos unitarios y federalistas para la redacción de una Constitución, Figueras, hombre cabal y de rectas maneras, explotó a comienzos de Junio en un consejo de gobierno. Mientras los ministros parloteaban desordenadamente sin ponerse de acuerdo, cuentan que gritó en catalán: “Senyors, ja no puc més. Estic fins als collons de tots vostès!” sentencia de traducción innecesaria y que describe por sí sola el galimatías en el seno del propio gobierno. Al día siguiente, sin dar parte a nadie, escribió su carta de dimisión, la dejó sobre el escritorio y salió a dar una paseo por el parque del Retiro.
Sus compañeros de causa y partido, extrañados por la ausencia del presidente pudieron leer al cabo de dos días un telegrama con noticias de Figueras:
“Soy Figueras...“STOP”...estoy en París...”STOP“...llegué bien...”STOP“...saludos”
Su reprochable pero comprensible deserción, refleja el caos instalado en la recién nacida República Española y le equipara al rey Amadeo en su desesperación y huida ante la realidad de la España de entonces.

Pérez Galdós dedica uno de sus últimos Episodios Nacionales a retratar la España de la Primera República. Con una mezcla de humor y cinismo, el genial canario describe la fuga de Figueras: ”Don Estanislao Figueras, cogió el tren sin decir nada a nadie, y de un tirón se plantó en Francia. Inaudito suceso, caso de flagrante deserción que nadie pudo explicar en aquellos días. ¿Qué motivó esta fuga? ¿El hastío, el miedo, la convicción de la vacuidad bullanguera de las Constituyentes? Hasta pasadas veinticuatro horas no se tuvo noticia cierta de la fuga del que había sido figura eminente de la primera República española. Del estupor que sentí ante suceso tan grave, que era el mayor descrédito de la Causa, me puse malo. Al despedirme de mis amigos en la Tribuna de la Prensa, no podía tenerme en pie. Salí tambaleándome. A mi parecer bajé rodando, a gatas, o no sé cómo... Pensé que el aire de la calle me despejaría la cabeza; pero no fue así...”

Las elecciones constituyentes
Las elecciones constituyentes de mayo son un ejemplo de cómo la democracia mal entendida puede ser una bomba de relojería de consecuencias impredecibles. La participación no llegó a un tercio del cuerpo electoral y aunque su legitimidad legal quedó intacta, no así la representatividad de los comicios y de la Carta Magna que de ellos habría de salir. La victoria de los federalistas se dio en un marco de escasísima participación en la que se mantuvieron al margen el resto de fuerzas políticas y sociales: Monárquicos Carlistas, entonces en guerra y pronto con su propia corte capitalina en Estella; monárquicos Alfonsinos que conspiraban a favor de la Restauración borbónica con Cánovas a la cabeza; la izquierda obrera que empezaba a descollar a instancias de la AIT; y los republicanos unitarios que habían instigado un golpe de Estado contra Figueras barruntándose el inminente caos del cantonalismo.

El cantón de Jumilla
La nueva constitución, que nunca llegó a ser redactada en su totalidad, preveía una organización federal a la manera de los EE UU. España quedaría articulada en 17 Estados autónomos con su propio poder ejecutivo, legislativo y judicial, que cederían parte de su soberanía al poder central de la República en la representación de los intereses nacionales.

Sin embargo, antes de que la Carta Magna hubiese sido concluida, la revolución cantonalista se extendió como un reguero de pólvora. No en los 17 estados regionales históricos, como estaba siendo debatido, sino en una pléyade de cantones locales independientes y minúsculos; entre ellos las “naciones” de Valencia, Alcoy, Cartagena, Sevilla... y la más pintoresca y efímera, la nación de Jumilla cuyo manifiesto fundacional no me resisto a incluir:

“La nación jumillana desea vivir en paz con todas las naciones vecinas y, sobre todo, con la nación murciana, su vecina; pero si la nación murciana, su vecina, se atreve a desconocer su autonomía y a traspasar sus fronteras, Jumilla se defenderá, como los héroes del Dos de Mayo, y triunfará en la demanda, resuelta completamente a llegar, en sus justísimos desquites, hasta Murcia, y a no dejar en Murcia piedra sobre piedra.”

“Castillo San Julián enarbola bandera turca”
El esperpento cantonalista deja de tener un matiz risible cuando los insurrectos cuentan con recursos para ejercer la fuerza y la extorsión como en el caso de Cartagena y de su líder local, el afable Antonete Gálvez.

La enseña bermellona erigida por los cantonales cartageneros, motivó otra de tantas anécdotas tragicómicas de aquel verano de las taifas. Al triunfo de la insurrección, en medio del caos y la confusión propia del momento, un despacho de la capitanía llegó al Ministerio de Marina informando de una singular noticia en una de las fortalezas de la base naval: “Castillo San Julián enarbola bandera turca”. Esto llevó al ministro a preguntarse si se habían vuelto todos locos en Cartagena, lo que efectivamente había pasado en la milenaria ciudad y en media España.
Cartagena contaba con el arsenal y la flota, lo que le permitió mantener su bandera roja cantonal en el castillo de San Julián además de saquear las “naciones” vecinas de Almería y Alicante. Gálvez resistió el asedio de las fuerzas “centralistas” hasta enero del año siguiente 1874, cuando el general Martínez Campos redujo la ciudad a escombros.

El régimen federalista, incapaz de contener los frentes que tenía abiertos en el norte carlista, el sur y levante cantonal, y en las colonias del caribe cedió el testigo a los unitarios, partidarios de una República centralista. El general Serrano la gobernó mediante decretos como candidato de consenso entre todas las familias políticas en una suerte de dictadura personal. Fue sucedido por Sagasta en Septiembre, quien vio con buenos ojos el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto, que trajo la restauración alfonsina y puso punto final a la malhadada Primera República.

Uno de los aspectos positivos de la charlotada republicana de 1873, fue la voluntad de los federalistas por acometer la vertebración del Estado, asignatura pendiente y enfermedad crónica de la vieja España. Lamentablemente el proyecto fracasó por la corrupción intelectual de la idea federalista, convertida en el cantonalismo ultralocal instigado por los caciques. En su interés por reforzar su poder en estos modernos "feudos", no calcularon que la idea se volvería en su contra, en forma de revolución social e innumerables desórdenes de los que fueron víctima sus vidas y haciendas.

El debate sobre el federalismo y la vertebración viable del Estado sigue en plena vigencia hoy día, con las tristes barreras y desencuentros que se levantan en la España de las Autonomías como telón de fondo. En la España de hoy felizmente, la “Nación de Jumilla” parece haber abandonado su resuelta amenaza de no dejar piedra sobre piedra de la “nación murciana”, lo que es de agradecer y un avance en la vertebración de la nación.
La sátira ridícula del cantón alecciona contra el ultralocalismo, mientras que un análisis del federalismo equilibrado y bien entendido, ayuda a curar el centralismo hermético y prevenir desencuentros. Ambos males, ultralocalismo y centralismo, encuentran en este episodio de nuestra historia argumentos de reflexión y motivos de sonrojo.
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Cantonalismos de ayer, hoy y siempre...
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Marcos A. Díaz