¿Quiere usted la Independencia?: "Sí " o "Todavía No".
Artículo publicado en "España Liberal" (2/6/08), "Asturias Liberal" (3/6/08), en "La Nueva España" (5/6/08), y en "Diario de América" (7/6/08)
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"El guiño de Patxi López al electorado nacionalista no será eficaz. Como en Canadá, sólo será una barra libre para los referéndums independentistas, sin la certeza de ganarlos y, lo que es peor, sin la certeza de que si lo gana signifique un punto final."
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Las noticias del País Vasco, apuntan a que Juan José Ibarretxe está resuelto a persistir en su enésimo órdago al Estado de derecho y en rebasar la Constitución con un referéndum de autodeterminación ilegal. La sociedad vasca ahonda en su división con las ocurrencias del Lendakari y al fondo de la imagen, una figura embutida en un pasamontañas presencia la escena a la espera y sin inmutarse.
Ibarretxe convoca su referéndum soberanista al que él llama “consulta sobre el derecho a decidir de los vascos”, tan sólo tres años después de que su anterior plan tropezara en la cámara de Madrid. El hundimiento que su formación sufrió el 9M, y la inminencia de las elecciones vascas le llevan por este camino, en el que pretende salvar los muebles y, tras el previsible rechazo, presentarse ante su electorado con un nuevo atropello del estado español a las “legítimas aspiraciones vascas” de las que él dice ser paladín.
Patxi López, líder del PSE afirma no tenerle miedo a la palabra nacionalidad y está dispuesto a ser él quien, en caso de ganar los comicios autonómicos, convoque un referéndum “con todas las consecuencias”, eso sí, dentro de la Constitución. Veremos qué sale de todo ello, y si el PSE es capaz de recoger al electorado descontento del PNV, sin traicionar sus esencias españolistas por un puñado de votos.
La cúpula de ERC, por su lado, espera conmemorar el tercer centenario del fin de la guerra de sucesión en el 2014 con un referéndum de independencia para la Cataluña del Estatut, extremo que ha expresado públicamente el todavía líder de la formación Carod-Rovira.
Por lo visto el referéndum, es la estación término de todo conflicto ideológico relacionado con las identidades. Pero ¿qué ocurre tras el recuento de las papeletas?
¿Cuáles son las consecuencias de un referéndum de autodeterminación, ya sea éste una consulta descafeinada y con sacarina o un Referéndum de independencia doble on-the-rocks y con mayúsculas? Si gana el SI, la secesión. ¿Y si gana el NO? ¿Acaso la pacificación, la normalización?
“¿Quiere, o no quiere usted que nos separemos del Canadá y seamos independientes?”
Ibarretxe convoca su referéndum soberanista al que él llama “consulta sobre el derecho a decidir de los vascos”, tan sólo tres años después de que su anterior plan tropezara en la cámara de Madrid. El hundimiento que su formación sufrió el 9M, y la inminencia de las elecciones vascas le llevan por este camino, en el que pretende salvar los muebles y, tras el previsible rechazo, presentarse ante su electorado con un nuevo atropello del estado español a las “legítimas aspiraciones vascas” de las que él dice ser paladín.
Patxi López, líder del PSE afirma no tenerle miedo a la palabra nacionalidad y está dispuesto a ser él quien, en caso de ganar los comicios autonómicos, convoque un referéndum “con todas las consecuencias”, eso sí, dentro de la Constitución. Veremos qué sale de todo ello, y si el PSE es capaz de recoger al electorado descontento del PNV, sin traicionar sus esencias españolistas por un puñado de votos.
La cúpula de ERC, por su lado, espera conmemorar el tercer centenario del fin de la guerra de sucesión en el 2014 con un referéndum de independencia para la Cataluña del Estatut, extremo que ha expresado públicamente el todavía líder de la formación Carod-Rovira.
Por lo visto el referéndum, es la estación término de todo conflicto ideológico relacionado con las identidades. Pero ¿qué ocurre tras el recuento de las papeletas?
¿Cuáles son las consecuencias de un referéndum de autodeterminación, ya sea éste una consulta descafeinada y con sacarina o un Referéndum de independencia doble on-the-rocks y con mayúsculas? Si gana el SI, la secesión. ¿Y si gana el NO? ¿Acaso la pacificación, la normalización?
“¿Quiere, o no quiere usted que nos separemos del Canadá y seamos independientes?”
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No siempre discurren las secesiones por la senda de la revolución, los levantamientos populares o el enfrentamiento armado a la yugoslava. Por el contrario, los cambios legales encubiertos, el pronunciamiento a favor de exiguas mayorías sociales en referéndums y finalmente el reconocimiento diplomático internacional del estadito recién nacido, son los que constituyen la vía para los nacionalismos irredentos que todavía existen e insisten hoy día.
Canadá, es un país del primer mundo, gobernado por una clase política seria, orgulloso miembro del G8, el exclusivo club de los países más ricos e industrializados, dotado de un excelente sistema educativo y con un envidiable Estado del bienestar. Sin embargo, la amenaza periódica de secesión por parte de la provincia francófona del Quebec se manifiesta desde hace 40 años en forma de referéndum separatista, al menos una vez por generación. Es una ley histórica en los nacionalistas quebequeses que persisten en su proyecto, aún cuando las urnas les quitan la razón.
El “SI” en el referéndum significa la ruptura, pero el “NO”, no implica la renuncia al propósito soberanista, todo lo contrario. Lo habitual es reformular la pregunta y la consulta al cabo de quince años. Desde la revolución tranquila de los años sesenta el Quebec ha experimentado tres consultas en las que la independencia ha sido rechazada siempre aunque con distintos grados de contundencia.
El referéndum de 1980 registró la derrota de las tesis nacionalistas de René Levesque pero no el fin de las veleidades de su causa. El líder de los nacionalistas, una vez confirmado el resultado compareció en Montreal ante su parroquia, y con gesto resignado afirmó: “Si os he comprendido bien, me habéis dicho que la próxima vez será”. Se abría la puerta a una nueva cita con las urnas, a la que no hubo que esperar mucho.
Todo canadiense en edad adulta recuerda dónde estaba el 30 de octubre de 1995 y lo que hacía aquella fría noche de otoño boreal, fecha del segundo referéndum de independencia en 15 años. Canadá se jugaba su existencia como nación una vez más.
A última hora de la tarde, tras el lento recuento, la comisión electoral leía el escrutinio de las urnas. El resultado no podía ser más apretado: non 50,59% oui 49,41%, con una participación del 95% del censo (incluidas las comunidades indias del Gran Norte). El margen fue tan estrecho que el voto nulo podría haber decantado fácilmente la balanza por el “sí” pues siendo ínfimo, era mayor que la diferencia entre las dos opciones.
Jacques Parizeau, el entonces "lendakari" quebequés y principal diseñador del referéndum dejaba la política enojadísimo, echando la culpa de la derrota a los inmigrantes.
El primer ministro del Canadá Jean Chrétien, francófono y quebequés, federalista y defensor de un Canadá unido ganó por la mínima. Él no pasaría a la historia como el jefe de gobierno que certificó el fin de su país, algo que íntimamente le obsesionaba. Al igual que él toda la nación desde Terranova al Pacífico respiró aliviada... por el momento.
Lugar común de estos procesos es la polémica en la redacción de la cuestión sometida a consulta. Suele ser una frase ininteligible e interminable, como la de Ibarretxe, escrita en la papeleta con el fin de dulcificar con eufemismos lo que significaba claramente la ruptura del país como una unidad política y económica de impredecibles consecuencias.
De ningún modo el PNV ni todo el espectro nacionalista vasco o catalán, cejarían en sus pretensiones en caso de arrancar un referéndum de Madrid y perderlo a continuación. Seguirían una vez y otra hasta lograr sus objetivos, dado que en su lógica particular sólo necesitan una victoria en las urnas, mientras que para las causas unionistas mil victorias nunca son suficientes.
El guiño de Patxi al electorado nacionalista no será eficaz si finalmente reúne las condiciones para llevarlo a cabo. Sólo servirá para abrir la barra libre de los referéndums independentistas, sin la certeza de ganarlo y lo que es peor, sin la certeza de que si lo gana signifique un punto final para la hidra secesionista.
Siempre habrá un Ibarretxe o un Carod, un Levesque o un Parizeau que lejos de aceptar que sus conciudadanos quieran seguir viviendo en unidad con los demás se asomen al estrado y digan “...la próxima vez será...”
Marcos A. Díaz

No siempre discurren las secesiones por la senda de la revolución, los levantamientos populares o el enfrentamiento armado a la yugoslava. Por el contrario, los cambios legales encubiertos, el pronunciamiento a favor de exiguas mayorías sociales en referéndums y finalmente el reconocimiento diplomático internacional del estadito recién nacido, son los que constituyen la vía para los nacionalismos irredentos que todavía existen e insisten hoy día.
Canadá, es un país del primer mundo, gobernado por una clase política seria, orgulloso miembro del G8, el exclusivo club de los países más ricos e industrializados, dotado de un excelente sistema educativo y con un envidiable Estado del bienestar. Sin embargo, la amenaza periódica de secesión por parte de la provincia francófona del Quebec se manifiesta desde hace 40 años en forma de referéndum separatista, al menos una vez por generación. Es una ley histórica en los nacionalistas quebequeses que persisten en su proyecto, aún cuando las urnas les quitan la razón.
El “SI” en el referéndum significa la ruptura, pero el “NO”, no implica la renuncia al propósito soberanista, todo lo contrario. Lo habitual es reformular la pregunta y la consulta al cabo de quince años. Desde la revolución tranquila de los años sesenta el Quebec ha experimentado tres consultas en las que la independencia ha sido rechazada siempre aunque con distintos grados de contundencia.
El referéndum de 1980 registró la derrota de las tesis nacionalistas de René Levesque pero no el fin de las veleidades de su causa. El líder de los nacionalistas, una vez confirmado el resultado compareció en Montreal ante su parroquia, y con gesto resignado afirmó: “Si os he comprendido bien, me habéis dicho que la próxima vez será”. Se abría la puerta a una nueva cita con las urnas, a la que no hubo que esperar mucho.
Todo canadiense en edad adulta recuerda dónde estaba el 30 de octubre de 1995 y lo que hacía aquella fría noche de otoño boreal, fecha del segundo referéndum de independencia en 15 años. Canadá se jugaba su existencia como nación una vez más.
A última hora de la tarde, tras el lento recuento, la comisión electoral leía el escrutinio de las urnas. El resultado no podía ser más apretado: non 50,59% oui 49,41%, con una participación del 95% del censo (incluidas las comunidades indias del Gran Norte). El margen fue tan estrecho que el voto nulo podría haber decantado fácilmente la balanza por el “sí” pues siendo ínfimo, era mayor que la diferencia entre las dos opciones.
Jacques Parizeau, el entonces "lendakari" quebequés y principal diseñador del referéndum dejaba la política enojadísimo, echando la culpa de la derrota a los inmigrantes.
El primer ministro del Canadá Jean Chrétien, francófono y quebequés, federalista y defensor de un Canadá unido ganó por la mínima. Él no pasaría a la historia como el jefe de gobierno que certificó el fin de su país, algo que íntimamente le obsesionaba. Al igual que él toda la nación desde Terranova al Pacífico respiró aliviada... por el momento.
Lugar común de estos procesos es la polémica en la redacción de la cuestión sometida a consulta. Suele ser una frase ininteligible e interminable, como la de Ibarretxe, escrita en la papeleta con el fin de dulcificar con eufemismos lo que significaba claramente la ruptura del país como una unidad política y económica de impredecibles consecuencias.
De ningún modo el PNV ni todo el espectro nacionalista vasco o catalán, cejarían en sus pretensiones en caso de arrancar un referéndum de Madrid y perderlo a continuación. Seguirían una vez y otra hasta lograr sus objetivos, dado que en su lógica particular sólo necesitan una victoria en las urnas, mientras que para las causas unionistas mil victorias nunca son suficientes.
El guiño de Patxi al electorado nacionalista no será eficaz si finalmente reúne las condiciones para llevarlo a cabo. Sólo servirá para abrir la barra libre de los referéndums independentistas, sin la certeza de ganarlo y lo que es peor, sin la certeza de que si lo gana signifique un punto final para la hidra secesionista.
Siempre habrá un Ibarretxe o un Carod, un Levesque o un Parizeau que lejos de aceptar que sus conciudadanos quieran seguir viviendo en unidad con los demás se asomen al estrado y digan “...la próxima vez será...”
Marcos A. Díaz

