sábado 31 de mayo de 2008

El referéndum vasco, una caja de Pandora “à la québécoise “

¿Quiere usted la Independencia?: " " o "Todavía No".
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"El guiño de Patxi López al electorado nacionalista no será eficaz.
Como en Canadá, sólo será una barra libre para los referéndums independentistas, sin la certeza de ganarlos y, lo que es peor, sin la certeza de que si lo gana signifique un punto final."
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Las noticias del País Vasco, apuntan a que Juan José Ibarretxe está resuelto a persistir en su enésimo órdago al Estado de derecho y en rebasar la Constitución con un referéndum de autodeterminación ilegal. La sociedad vasca ahonda en su división con las ocurrencias del Lendakari y al fondo de la imagen, una figura embutida en un pasamontañas presencia la escena a la espera y sin inmutarse.

Ibarretxe convoca su referéndum soberanista al que él llama “consulta sobre el derecho a decidir de los vascos”, tan sólo tres años después de que su anterior plan tropezara en la cámara de Madrid. El hundimiento que su formación sufrió el 9M, y la inminencia de las elecciones vascas le llevan por este camino, en el que pretende salvar los muebles y, tras el previsible rechazo, presentarse ante su electorado con un nuevo atropello del estado español a las “legítimas aspiraciones vascas” de las que él dice ser paladín.

Patxi López, líder del PSE afirma no tenerle miedo a la palabra nacionalidad y está dispuesto a ser él quien, en caso de ganar los comicios autonómicos, convoque un referéndum “con todas las consecuencias”, eso sí, dentro de la Constitución. Veremos qué sale de todo ello, y si el PSE es capaz de recoger al electorado descontento del PNV, sin traicionar sus esencias españolistas por un puñado de votos.
La cúpula de ERC, por su lado, espera conmemorar el tercer centenario del fin de la guerra de sucesión en el 2014 con un referéndum de independencia para la Cataluña del Estatut, extremo que ha expresado públicamente el todavía líder de la formación Carod-Rovira.

Por lo visto el referéndum, es la estación término de todo conflicto ideológico relacionado con las identidades. Pero ¿qué ocurre tras el recuento de las papeletas?
¿Cuáles son las consecuencias de un referéndum de autodeterminación, ya sea éste una consulta descafeinada y con sacarina o un Referéndum de independencia doble on-the-rocks y con mayúsculas? Si gana el SI, la secesión. ¿Y si gana el NO? ¿Acaso la pacificación, la normalización?

“¿Quiere, o no quiere usted que nos separemos del Canadá y seamos independientes?”
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No siempre discurren las secesiones por la senda de la revolución, los levantamientos populares o el enfrentamiento armado a la yugoslava. Por el contrario, los cambios legales encubiertos, el pronunciamiento a favor de exiguas mayorías sociales en referéndums y finalmente el reconocimiento diplomático internacional del estadito recién nacido, son los que constituyen la vía para los nacionalismos irredentos que todavía existen e insisten hoy día.

Canadá, es un país del primer mundo, gobernado por una clase política seria, orgulloso miembro del G8, el exclusivo club de los países más ricos e industrializados, dotado de un excelente sistema educativo y con un envidiable Estado del bienestar. Sin embargo, la amenaza periódica de secesión por parte de la provincia francófona del Quebec se manifiesta desde hace 40 años en forma de referéndum separatista, al menos una vez por generación. Es una ley histórica en los nacionalistas quebequeses que persisten en su proyecto, aún cuando las urnas les quitan la razón.
El “SI” en el referéndum significa la ruptura, pero el “NO”, no implica la renuncia al propósito soberanista, todo lo contrario. Lo habitual es reformular la pregunta y la consulta al cabo de quince años. Desde la revolución tranquila de los años sesenta el Quebec ha experimentado tres consultas en las que la independencia ha sido rechazada siempre aunque con distintos grados de contundencia.

El referéndum de 1980 registró la derrota de las tesis nacionalistas de René Levesque pero no el fin de las veleidades de su causa. El líder de los nacionalistas, una vez confirmado el resultado compareció en Montreal ante su parroquia, y con gesto resignado afirmó: “Si os he comprendido bien, me habéis dicho que la próxima vez será”. Se abría la puerta a una nueva cita con las urnas, a la que no hubo que esperar mucho.

Todo canadiense en edad adulta recuerda dónde estaba el 30 de octubre de 1995 y lo que hacía aquella fría noche de otoño boreal, fecha del segundo referéndum de independencia en 15 años. Canadá se jugaba su existencia como nación una vez más.
A última hora de la tarde, tras el lento recuento, la comisión electoral leía el escrutinio de las urnas. El resultado no podía ser más apretado: non 50,59% oui 49,41%, con una participación del 95% del censo (incluidas las comunidades indias del Gran Norte). El margen fue tan estrecho que el voto nulo podría haber decantado fácilmente la balanza por el “sí” pues siendo ínfimo, era mayor que la diferencia entre las dos opciones.
Jacques Parizeau, el entonces "lendakari" quebequés y principal diseñador del referéndum dejaba la política enojadísimo, echando la culpa de la derrota a los inmigrantes.

El primer ministro del Canadá Jean Chrétien, francófono y quebequés, federalista y defensor de un Canadá unido ganó por la mínima. Él no pasaría a la historia como el jefe de gobierno que certificó el fin de su país, algo que íntimamente le obsesionaba. Al igual que él toda la nación desde Terranova al Pacífico respiró aliviada... por el momento.

Lugar común de estos procesos es la polémica en la redacción de la cuestión sometida a consulta. Suele ser una frase ininteligible e interminable, como la de Ibarretxe, escrita en la papeleta con el fin de dulcificar con eufemismos lo que significaba claramente la ruptura del país como una unidad política y económica de impredecibles consecuencias.

De ningún modo el PNV ni todo el espectro nacionalista vasco o catalán, cejarían en sus pretensiones en caso de arrancar un referéndum de Madrid y perderlo a continuación. Seguirían una vez y otra hasta lograr sus objetivos, dado que en su lógica particular sólo necesitan una victoria en las urnas, mientras que para las causas unionistas mil victorias nunca son suficientes.

El guiño de Patxi al electorado nacionalista no será eficaz si finalmente reúne las condiciones para llevarlo a cabo. Sólo servirá para abrir la barra libre de los referéndums independentistas, sin la certeza de ganarlo y lo que es peor, sin la certeza de que si lo gana signifique un punto final para la hidra secesionista.

Siempre habrá un Ibarretxe o un Carod, un Levesque o un Parizeau que lejos de aceptar que sus conciudadanos quieran seguir viviendo en unidad con los demás se asomen al estrado y digan
“...la próxima vez será...”

Marcos A. Díaz

sábado 24 de mayo de 2008

De la gerontocracia y las virtudes del político veterano.

Gerencias y gerontes.
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El senador McCain, candidato republicano a las elecciones presidenciales norteamericanas, está plenamente recuperado de su cáncer de piel y goza de excelente salud según el parte divulgado por su equipo médico. Los asesores de su campaña creen que la avanzada edad del senador, que llegará a las elecciones con 72 años cumplidos, puede ser un arma para el adversario demócrata que le caiga en suerte en su carrera hacia la Casa Blanca.

En España, Soraya Sáenz de 36 años, sustituyó el mes pasado a Eduardo Zaplana de 52, como portavoz popular en el Congreso. Los partidarios de la una y detractores del otro aducían su “juventud, dinamismo y frescura” como un activo, que enseguida contrastaban con el amortizado historial en la política del ex-alcalde de Benidorm.

La reciente retirada de la vida pública de otros veteranos de 50 años y el nombramiento de jóvenes bisoños en altos cargos de responsabilidad política, incluido un ministerio, ha suscitado la cuestión de la edad óptima en la arena política, más allá de la idoneidad particular de los salientes y de los entrantes, aspecto del que no hablaremos hoy.

¿Es la edad de los políticos un lastre, o al contrario, supone un barniz de respetabilidad y un valor añadido?
¿Cuál es la edad óptima de fertilidad política de los hombres y mujeres de Estado?
¿Son caducas y amortizadas personas apenas en la cincuentena?¿Son necesariamente ventajas en la gestión política las que otorgan tener 31 años?

No se trata sólo de la experiencia acumulada o de su carencia. Es una cuestión de autoridad moral.
Los pueblos de la antigüedad clásica creían que la edad no sólo traía la experiencia necesaria para ostentar las altas magistraturas del Estado. Pensaban además, que el anciano era más digno de confianza moral en el desempeño del mando, pues antes gobernaría con arreglo al patriotismo y los ideales un viejo rondado por la parca y con poco que ganar, que un joven, más predispuesto a hacerlo por ambición personal e intereses inmediatos.

Los romanos creían en el Cursus Honorum, requisito obligatorio para el ascenso en la carrera política y que exigía el desempeño de los escalafones inferiores de la función pública y una edad mínima para su nombramiento. En la Roma republicana era condición indispensable para llegar a Cónsul, haber pasado antes por las magistraturas previas de Cuestor, Edil y Pretor y tener al menos 42 años de edad para los plebeyos y 40 en el caso de los patricios.

El aumento de la esperanza de vida ha sido muy notable desde la antigüedad, y la frontera entre la madurez y la senectud se ha diferido en el reloj biológico humano. Parece pues, un dispendio innecesario de talento, la marginación de los políticos maduros cuando se encuentran en el apogeo de su vida intelectual. Aún más cuando invocando la juventud, en nombre de la renovación, solo se esconden las intrigas palaciegas de cada partido político y los intereses de sus facciones, o lo que es peor, el diseño por y para las reglas del marketing de políticos-estrella mediáticos, de ojos azules, voz abaritonada y telegenia en almíbar.

La fragilidad y finitud de la naturaleza humana son inexorables. Sin embargo los distintos grados de resistencia que cada sujeto manifiesta frente a ellas, definen igual que el talento y la capacidad, dónde están los límites de la retirada de la vida política.

Si el senador McCain gana las elecciones, será el más longevo presidente que hayan tenido los EE UU. La sociología y las urnas dirán en el futuro si sus canas le ayudaron o no en el camino. En el pasado, sin embargo, no había duda al respecto: cuando un anciano senador romano se dirigía a la cámara o un patriarca bíblico tomaba la palabra en su asamblea, los jóvenes callaban y escuchaban.

Y es que más sabe el diablo por viejo... que por diablo.
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Marcos A. Díaz.

viernes 9 de mayo de 2008

De las oposiciones en la España de las Autonomías.

Reservado el derecho de admisión: “imprescindible requisito lingüístico"
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Esta semana la opinión pública se ha sorprendido, y acaso escandalizado, porque el título de Eusquera puntúe 4 veces más que un doctorado en los méritos del personal sanitario Vasco.
Tristemente, en la educación pública hace años que existe esa injusta asimetría en los baremos de calificación a maestros y profesores. La lengua autonómica es más valorada en un concurso de traslado que una segunda carrera, un doctorado, publicaciones científicas varias o todos los títulos de idiomas habidos y por haber. Sin embargo, no es esto lo peor.

En País Vasco, Cataluña, Galicia, Baleares y la Comunidad Valenciana, donde por cierto gobierna el PP hace varias legislaturas, se impone el “requisito lingüístico” previo para todo candidato que desee presentarse a una oposición. ¿No tiene usted el diploma de la lengua autonómica? Entonces lo lamento, no hay oposición para usted. Recordará seguramente el lector que estas comunidades suman el 40% de la población española y por tanto de la oferta de empleo público en aquellas competencias transferidas como lo es la educación.

Esta situación, implica un injusto proteccionismo del empleo público, que impide la movilidad laboral en el territorio nacional, amén de un agravio comparativo que contempla que un vasco pueda opositar en Asturias y un valenciano en Murcia pero nunca al contrario. Cada autonomía barre para casa y blinda su territorio funcionarial a través del requisito lingüístico, lo que supone una endogamia en la función pública, que favorece siempre al local y perjudica al usuario.

Una oposición es, o debiera ser, un proceso público abierto y equitativo en el que el Estado o la administración que lo representa, oferta las plazas que necesita a la libre concurrencia de candidatos. El principio que rige la adecuación al puesto es el de mérito y capacidad al designar a los candidatos mejor preparados para el desempeño del servicio público. Si una administración autonómica cierra las puertas al concurso de candidatos foráneos el único resultado posible es un empobrecimiento de la calidad de los profesionales designados y por ende del servicio que los ciudadanos han de recibir. Una simple aplicación de las reglas de la competencia del libre mercado, y aún del mismo sentido común, no pueden llevar sino a esta conclusión.

Hace años, por puro azar, me vi en la circunstancia de actuar como tribunal de oposición en la autonomía donde vivo y en la que, no hace falta decirlo, se habla una hermosa lengua autóctona y co-oficial. Algunos de mis compañeros de tribunal, que habían repetido esta experiencia en la que yo era novato, se sorprendían del progresivo deterioro en el nivel de los opositores de año en año. Las explicaciones que acudían a la conversación deambulaban desde la mera casualidad a la nutrida oferta de plazas de otras comunidades, pasando por los cambios técnicos que, a la sazón, habían sido introducidos en el proceso. Al rato se me ocurrió mencionar que la causa podía estribar en que el blindaje lingüístico impedía la concurrencia de opositores de otras regiones y que por ello, el nivel del proceso de selección se resentía sensiblemente. “Nunca lo había mirado desde ese punto de vista” afirmó uno de ellos... y es probable que quien se beneficie de tal circunstancia no lo vea desde ese punto de vista.

No debe ser motivo de vergüenza el hecho de que un territorio se vea en la necesidad de importar profesionales de otro. La movilidad de habilidades y talentos enriquece la vida activa del país y, al contrario, los diques que se levantan artificialmente a propósito de las lenguas la sumen en el marasmo de la endogamia. Movilidad y dinamismo, por desgracia, no parecen estar en la agenda de la España de las Autonomías.

El sistema autoalimentado que se apoya sobre el blindaje lingüístico, es algo muy del gusto del localismo imperante. Es muy popular y útil electoralmente pues garantiza redes clientelares de funcionarios afectos a los que fideliza a través de la lengua y del aparato ideológico que lleva anejo. Todos los programas de difusión de las lenguas autonómicas en España financiados con fondos públicos, tienen en común más allá del vocabulario y la gramática de cada una de ellas, un corpus de “sociolingüística” que no es sino propaganda travestida de seria filología científica.

Puede que el centralismo en las administraciones públicas tenga mala prensa en la actualidad pero afirmo que la endogamia funcionarial autonómica basada en el blindaje lingüístico no es sana, ni justa ni eficiente. No es eficiente porque reduce la calidad del servicio que los ciudadanos reciben. No es sana porque impide la renovación y la movilidad laboral en el empleo público y perpetúa el clientelismo de las castas políticas locales. Y, sobre todo, no es justo porque segmenta España en compartimentos estancos pero en los que unos españoles pueden concurrir mientras a otros les está vedado.

Pobres usuarios y opositores del Estado de las autonomías. Todos barriendo para casa y la casa común sin barrer.

El último.... que apague la luz.

Marcos A. Díaz