sábado 23 de febrero de 2008

El cine español y los héroes del dos de mayo.

¿Dónde estará el cine español por el dos de mayo?

Más cine por favor... pero que retrate la historia de España, corrija su desconocimiento en las nuevas generaciones y ayude a construir un futuro común, sobre el común pasado.

El cine se ha usado desde los comienzos del séptimo arte, como un recurso pedagógico capaz de mostrar al pueblo los episodios de su pasado como realidad histórica. Obras como “El nacimiento de una nación“ de D.W. Griffith o el “Napoleón” de Abel Gance enseñaron a franceses y americanos que el disfrute hedonista del arte y la pedagogía del patriotismo no son excluyentes.

¡Qué cine pueden llegar a hacer los franceses, cuando se trata de cantar las loas de “La grandeur”! Todos los recursos del estado y el talento de sus artistas se ponen al servicio de la nación y crean perlas que son a la vez bellas obras de arte y un justo reconocimiento a lo mejor de su pasado:

El joven rey Luís XIV, apenas adolescente, surge como un dios entre las chispas de las bengalas, elevado por una tramoya al escenario como el radiante Rey Sol. Los nobles de la corte danzan a su alrededor como los planetas en torno a Helios, mientras la música de Lully desvanece la visión de su rostro inexpresivo en una cadencia picarda. Las lágrimas de la reina madre caen serenas sobre sus mejillas al observar el majestuoso espectáculo del niño hecho Rey. Fundido en negro... No hablo de una cinta propagandística rancia sino de una producción de nuestra década realizada a mayor gloria de la nación que la ha de ver.

Clive Owen ha sido el rey Arturo. Christian Clavier, Napoleón. Hemos tenido a los héroes de “El Álamo” por duplicado y a Mel Gibson luchando contra los casacas rojas. Sin embargo, intento imaginarme a Antonio Banderas caracterizado como Hernán Cortés y no me nace. Quiero ver a Paz Vega entrando en Granada como Isabel “La Católica” y me falta imaginación. Daoiz y Velarde luchando contra los franceses en el parque de Monteleón con los rostros de Bardem y Moyá serían perfectos, pero no me consta que el proyecto llegue a tiempo para el bicentenario.

Al volver los ojos al cine español, sólo se encuentran los prejuicios de una casta subvencionada. Los complejos atenazan la iniciativa de nuestros cineastas cuando identifican el cine histórico con la propaganda franquista y el NO-DO. Algunos esperamos ver con interés el proyecto de José Luis Garci, financiado por la comunidad de Madrid y que retrata los hechos históricos del levantamiento de 1808, pero de seguro la gloriosa fecha habría de tener como tantas otras, más de un retrato y retratista. ¿Dónde está la gran película sobre la Reconquista? ¿Dónde una superproducción que narre la gesta de la conquista de México? ¿Las hazañas del Gran capitán en Italia? ¿La batalla de Covadonga? ¿Los Almogávares en Neopatria? ¿Lepanto? ¿Porqué no revisitar con los medios de la moderna tecnología las Navas de Tolosa? ... Todo el dinero del contribuyente que se marcha en llenar estómagos agradecidos estaría mejor empleado con un par de superproducciones históricas cada año. Con seguridad se amortizarían y podría entenderse su financiación como una obra de interés público, útil en el presente y en el futuro.

Las salas de cine se quedan vacías cuando se exhibe una cinta española. Los responsables del ministerio de cultura y los autoproclamados portavoces de la escena nacional se quejan de la competencia de las películas de Hollywood a las que identifican con el colonialismo cultural de la superpotencia. Demandan más apoyo institucional (esto es más dinero público y subvenciones), cuotas de pantalla y proteccionismo. Un consejo de humilde espectador desencantado: tengan la iniciativa de producir, dirigir e interpretar los capítulos imprescindibles de la historia nacional sin complejos ni corralitos ideológicos y a lo mejor me pienso lo de volver a ver cine español. Más cine por favor... pero menos bodrios de Arte y Ensayo y más retratos gloriosos de nuestra Historia, como hace toda nación que se respeta a sí misma.
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Marcos A. Díaz

viernes 15 de febrero de 2008

Los niños perdidos de la LOGSE.

18 años después del suicidio educativo de la España contemporánea...

El treintañero que esconde con rubor una falta de ortografía en un e-mail o la excesiva tardanza en dividir la cuenta entre los comensales de la cena, lleva como galones el no pertenecer a esa nueva hornada: “Yo estudié el BUP, a mí no me tocó la LOGSE...” aclara rápidamente. Otros, por la juventud de los rasgos, el ceño fruncido ante la letra impresa o por una inexplicable buena opinión de sí mismos, no pueden esconder que son los niños de la LOGSE. De forma natural inspiran desconfianza en aquel pobre usuario al que deben instalar un enchufe o reparar una cañería. No menos suspicaz se muestra el patrón para el que trabajan que nota la suficiencia y la soberbia, heredada de los tiempos escolares y del perdido respeto al maestro.
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La LOGSE empapa a toda la sociedad desde hace casi dos décadas y el niño de ayer se ha convertido en el hombre de hoy. No sólo los electricistas y los fontaneros... LOGSE son los nuevos profesionales liberales. LOGSE los médicos de la sanidad pública. LOGSE los que diseñan los viaductos y los puentes. LOGSE el abogado, el árbitro de fútbol y el práctico de puerto. Los manipuladores de alimentos, los pilotos de combate, el cura, el maestro y el sargento de la guardia civil. LOGSE el padre, el hijo y el espíritu santo. Incluso los políticos de las nuevas generaciones... ¡ay!..., también son de la LOGSE.
Aquellos que en 1990 eran partidarios de la reforma educativa, la vieron llegar, implantarse y con el tiempo fracasar en sus nobilísimas intenciones. Hoy se aducen varias excusas para el batacazo educativo nacional: la ausencia de una ley de acompañamiento presupuestario, los cambios habidos en la sociedad en las dos últimas décadas, el signo de los tiempos... Sin embargo, lo cierto es que la LOGSE falló por una filosofía errónea. La misma filosofía que empapaba a su gemela en Francia y que provocó unos efectos parejos en el país vecino. Cuando esos efectos nocivos se dejaron notar allí, España siguió la senda del “in errore perseverare” que es una máxima histórica nacional habitual.
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La LOGSE fracasó porque introducía el concepto de la promoción automática de curso que mata la idea de esfuerzo y superación como medio para alcanzar todo fin...
La LOGSE fracasó porque en lugar de permitir al profesorado concentrarse en sus tareas docentes lo sepultaba bajo una burocracia de papelotes inútiles.
La LOGSE fracasó porque instauró un bachillerato de dos años que es el más breve del mundo cronológica e intelectualmente...
La LOGSE fracasó porque destruyó la meritocracia y el afán de superación entre el profesorado al eliminar el cuerpo de catedráticos y la legítima posibilidad de promoción...
La LOGSE fracasó porque extendía la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años (muy bien) sin eliminar la comprehensividad en las aulas en los cursos más altos (muy mal).

La fonética gutural de estas siglas funestas, ha escapado del ámbito legislativo y ya pertenece a nuestro acervo popular como sinónimo de cuanto es feble y mediocre, de ignorancia autocomplaciente, agrafía, alalia, laxitud en el rendimiento y permisividad en su estimación. La innombrable ley ha servido para etiquetar a toda una generación de españolitos que llevan en la frente como el signo de Caín el estigma de ser los niños de la LOGSE. Nunca antes se había producido el fenómeno sociológico de que el nombre de una ley sirviese para representar el esperpento de la vida cotidiana, la oquedad de contenidos y el fracaso.
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18 años después se hace evidente que quienes estamparon su firma en aquel mes de octubre de 1990 sobre la malhadada ley hicieron más perjuicio a la nación que los ejércitos de Napoleón, la invasión islámica de 711 o la peste negra. No olvido la vergüenza que merecen aquellos que tras 8 años al timón no tuvieron las agallas de mirar a la cara a sindicatos, iluminados sesentayochistas, comunidades autónomas de hecho diferencial inflamado, y atajar las deficiencias que ya entonces se empezaban a percibir.
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Trabajo costará desandar el camino por el que la ley de Javier Solana nos ha obligado a transitar. Su espíritu y errores, sobreviven en la vigente LOE corregidos y aumentados y no son, por desgracia, un buen augurio para que los niños de la LOGSE puedan ser algún día padres de una generación que los redima.
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Marcos A. Díaz

lunes 4 de febrero de 2008

Fulbright, el Plan Marshall de la Educación.


Si la paz entre las naciones se pudiese comprar con dinero, el modo más eficiente de invertirlo sería en la educación de sus ciudadanos y futuros líderes. Eso debió pensar el Senador norteamericano J. William Fulbright en 1946.

El Senador fue un personaje con luces y sombras en su dilatada vida política. Senador demócrata por Arkansas... opositor al McCarthysmo y la caza de brujas en los años 50... segregacionista convencido al más puro estilo sureño... partidario del multilateralismo y de la creación de la ONU... Hoy miles de estudiantes de todo el mundo le recuerdan por el programa de becas que lleva su nombre.

La Fulbright Act, autorizaba a la Secretaría de Estado a vender el material de guerra excedentario en ultramar y usar esos fondos en una curiosa causa: el intercambio de estudiantes y profesores con el fin de “fomentar el entendimiento mutuo entre el pueblo de los Estados Unidos de América y los pueblos de otras naciones”. Se favoreció el flujo de personas, conocimiento y habilidades dinamizando así la investigación, el desarrollo y la innovación a la par que el contacto entre diferentes culturas.
El proyecto, financiado en su origen enteramente con dinero público norteamericano, ha ido sumando a lo largo de las décadas a cientos de instituciones privadas que colaboran en el esfuerzo de esta causa y a otros Estados como el nuestro. Precisamente se cumple en octubre de 2008 el 50 aniversario del acuerdo de intercambio cultural entre España y los EE UU que abrió las puertas de las universidades americanas a tres generaciones de españoles.

El apellido e iniciativa del senador quedarían difuminados en 1947 por el de un notable colega, que si bien perseguía el mismo objetivo de la cooperación y el desarrollo, lo hacía en el ámbito de la reconstrucción material, no en el de las ideas. Todos los libros de historia recuerdan al Plan Marshall que en junio pasado ha cumplido 60 años, como un impulso imprescindible en la resurrección de Europa Occidental. Sin embargo dejan en penumbra la labor del programa Fulbright que no quedó circunscrito al ámbito europeo como el primero y cuya vigencia en el tiempo llega hasta nuestros días.
El programa sigue actuando seis décadas después de su fundación en más de 140 países y cuenta entre sus ex-alumnos becados a 36 premios Nobel de todas las disciplinas y nacionalidades. Nuestro Erasmus europeo, no es más que un joven veinteañero que le debe todo en su diseño y estructura a la beca del Tío Sam.
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Es probable que el programa Fulbright y sus epígonos europeos, el mencionado Erasmus y el Leonardo, hayan hecho más por el entendimiento entre las naciones que la diplomacia, los equilibrios de poder y las instituciones multilaterales. Cada graduado que regresa a su país natal desde el que ha sido su escuela y hogar, lleva en la maleta algo más que un diploma y una oportunidad de promoción. Lleva la tolerancia al diferente que esperó de sus anfitriones. Lleva también el recuerdo de su lengua, de las horas compartidas que renacen en cada oportunidad que alguno de ellos se cruza en su camino. Lleva la necesidad de instilar este sentimiento en sus hijos y compatriotas y de salir al paso de los estereotipos injustos.

Las iniciativas de hombres como el senador Fulbright y de los países que las sostienen representan la mejor forma de exportar la democracia y el racionalismo. Cada líder del futuro que forja su carácter, destrezas y espíritu en el contacto con el que es distinto, importa así a su país sin apenas reparar en ello, todo lo útil y válido, todo lo bello y lo bueno que ha visto en su viaje.

Marcos A. Díaz