miércoles 30 de enero de 2008

Alexis de Tocqueville: "Las aventuras de un francés en América”.

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Alexis de Tocqueville, reúne en torno a su figura el extraño honor de ser respetado, sesgado y malentendido por igual, en los dos focos de la revolución democrática contemporánea; Francia su patria, y los EE UU, el objeto de su estudio y dedicación. A su inquietud e intuición, debemos no solo el primer análisis serio de las instituciones políticas americanas, sino la lectura más preclara de los peligros ocultos que encierra una democracia.

Es sorprendente que el más constante demócrata e ilustre liberal de la edad contemporánea sea un noble de rancio abolengo. Un hombre cuyo apellido vio de cerca la hoja de la guillotina durante el Terror revolucionario, que escuchaba de niño las terribles historias de 1794 en boca de sus padres y que en lugar de asociar la democracia con el caos y los excesos cometidos en su nombre ha sido su principal codificador y fascinado admirador.

Muchos intérpretes antiliberales han querido exagerar el carácter aristocrático de Tocqueville, para caricaturizarle como un reaccionario retrógrado y un enemigo del progreso en sus avisos sobre el doble filo de la democracia.
Tocqueville, tras su histórico viaje a los EE UU de 1831 comprende que democracia y libertad son dos constantes cuya necesidad histórica es ineluctable y que se abren camino contra cualquier intento de reacción o restauración. El autor entiende al proceso iniciado con las Revoluciones del XVIII como fruto de una historia providencial contra la que no se puede hacer nada y trata por ello de estructurar ese proceso y darle forma. Supo además reconocer sus virtudes igual que las terribles amenazas despóticas que esconde, y contra las que previene a los hombres del presente.
Tocqueville es el primero en intuir la tiranía de la mayoría. Lo que él reprocha a los revolucionarios del 14 de Julio es haber arrancado de cuajo los valores de excelencia y compromiso político de la aristocracia, haciendo un daño irreparable a la libertad. Al hacer tabla rasa del “nobleza obliga”, de la independencia, del mérito como leitmotiv, y de ese hábito de libertad de pensamiento individual que las clases aristocráticas habían guardado bajo el absolutismo, la democracia puso en peligro la libertad y sepultó al individuo en la masa.

Filósofo, politólogo, sociólogo... quizás habría que tildarlo de profeta. ¿Quién sino un augur podía entrever en los años 30 del siglo XIX que aquel pequeño amasijo de estados e intereses divergentes habría de devenir la primera potencia mundial? ¿Quién excepto un visionario podría haber predicho que la pequeña nación agrícola y subsistente de los sueños aislacionistas de Jefferson, culminaría su expansión hasta el pacífico y libraría una cruenta guerra civil para desterrar la esclavitud?

Sus aciertos y exactitudes, vienen no tanto de sus dotes proféticas como de un frío análisis de los cambios políticos y sociales que la apenas estrenada edad contemporánea había llevado a Europa. El prisma americano le dota de una herramienta especial para observar a la democracia y distinguir sus miserias, como la mencionada tiranía de la mayoría, la presión de la masa y la peor de todas, la inhibición política.

Nos previene de esa inhibición política del “homo democraticus”, de su repliegue sobre la esfera privada y de la muerte de la sociedad civil que trae un nuevo despotismo peor que el del antiguo régimen. Alexis de Tocqueville liberal y demócrata, reconoció al Estado y al individuo como magnitudes inversas y que el uno no puede ahondar en su libertad y desarrollo sin que el otro retroceda y viceversa.

El bicentenario de su nacimiento en 2005 supuso la reactivación de los estudios tocquevilianos y un interés por su obra dentro y fuera de los círculos liberales. “De la democracia en América” es una obra indispensable que está por encima de las épocas y los países en que es leída. No solo es útil para estudiar a los EE UU como sujeto político singular, sino para comprender virtudes y defectos del que es “el menos malo de los regímenes políticos”, la democracia. Hoy, en el fragor de la campaña electoral a este y al otro lado del charco, recordamos que las ideas de Tocqueville resuenan casi dos siglos después de ser escritas con su vigencia intacta, sus acertados vaticinios y unos temores lanzados, a modo de advertencia, como una botella en el océano del tiempo.

© 2008, Marcos A. Díaz.

martes 22 de enero de 2008

De los buenos maestros... y de los que son mejorables.

Docentes mediocres y fracaso escolar.
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (24/1/08)
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¿Piensa Ud. que la ineptitud, incuria o inexperiencia del docente es la causa real de los problemas escolares de su hijo?

La tentación de descargar la responsabilidad del fracaso escolar sobre los hombros del docente es deliciosa. Es un cosquilleo abdominal, placentero y aliviante que redime los pecados.
La sociedad postmoderna del padre-amigo, que compra sosiego e inhibición con un billete 20 euros y bosteza ante la telebasura... la sociedad del aquí y ahora que desea ser exonerada de cualquier responsabilidad y a la que la educación del niño pesa y molesta como piedras en los bolsillos... esa sociedad descreída y desnuda de valores, está atenazada por la mala conciencia y necesitada de un chivo expiatorio: pobre maestro... ¿qué ha hecho él para merecer esto?
También hay para el legislador educativo... el desertor de la tiza, el iluminado del mayo de vino y rosas, a ese forofo de la escuela comprehensiva, del igualitarismo por decreto y escéptico enemigo del esfuerzo... A ese le faltan pocas excusas para perseverar en el error de políticas pasadas ante los rebuznos de asentimiento del respetable.

Ahora bien, sres. docentes, maestros, profesores, catedráticos... amigos todos. Tras repartir algo de cera en una justa defensa, llega el momento de hacer acto de contrición como colectivo. Cuantos recordamos haber recibido clase alguna vez, conocemos la diferencia entre el profesor que despertaba las inquietudes y el somnífero. Quien potenciaba los talentos y estimulaba las vocaciones y aquel efectivo remedio contra el insomnio.
En la docencia, como en cualquier oficio, hay buenos y malos maestros y por ello siempre he odiado el corporativismo profesional y a aquellos que jamás consideran responsable a su gremio de nada negativo. Es el “hoy por ti, mañana por mí” que solo sirve para enquistar los problemas derivados de la mala praxis. La intuición dice que se puede hacer mucho para mejorar el nivel de los docentes y los resultados que se obtienen de sus alumnos.

Los mejores sistemas educativos, reclutan a los mejores docentes. Este parece ser el resumen que extrae la consultora Mckinsey del informe PISA del año pasado y que el diario The Economist sanciona y eleva a rango de ley: “Mejore al docente en todo parámetro, y el sistema educativo mejorará con él”. Tal es el lema del podium de países que lideran año tras año este programa de la OECD recurrentemente: Canadá, Finlandia, Japón, Singapur, y Corea del sur, como de costumbre.

Los países anglosajones llevan tres décadas inyectando dinero en sus sistemas educativos sin resultados aparentes de mejoría. El informe asegura que invertir más dinero y horas lectivas no es el remedio universal: Singapur gasta menos que la media, y sus niños arrasan en mates; los Finlandeses dominan en comprensión lectora entrando al cole más tarde que los demás y permaneciendo en él menos horas. Así pues, la diferencia entre buenas y malas escuelas no reside tanto en el dinero y tiempo invertido, como en otros factores de gestión estructural. ¿Cuáles? Estos países saben atraer a la enseñanza a los titulados con mejor expediente.

Dato relevante. En los países con resultados escolares óptimos, el gremio docente goza de un estatus social elevado, un respeto reverencial del conjunto de la sociedad y la adhesión inquebrantable de legisladores y padres.

Para comprender el cómo, hay que empezar por el dónde: Corea del sur. Allí, se suma la tradicional visión confucionista del aprendizaje y su veneración al maestro, con el hecho de captar para la función docente a los mejores titulados de cada promoción. Las escuelas de magisterio, cuentan con numerus clausus estrictos y planificados de acuerdo a las necesidades demográficas del país y sus índices de natalidad. Se exige del candidato, un expediente académico excelente y una nota de corte muy alta, ya que las universidades que ofertan esta titulación son muy pocas en todo el país y muy elevada la competencia entre aspirantes.
No todos los países se parecen en este rigor. En EE UU y la mayor parte del mundo occidental, solo terminan ejerciendo la docencia los expedientes más mediocres del último tercio de la promoción. Los más brillantes son atraídos por los altos salarios de la empresa privada y solo una minoría de vocación extrema recala ante la pizarra. ¿Es o no entonces, una cuestión de dinero? Es más bien una cuestión de cómo invertir el dinero del que se dispone.

Los ministerios de educación saben que no pueden permitirse tener a los mejores en el oficio y tratan de solucionar el problema reduciendo las ratios de alumnos por aula. El problema reside en que un mismo presupuesto con ratios más bajas, implica un incremento del número de profesores necesarios y una disminución a la larga de sueldo y estatus social, lo que perpetúa el problema. Corea, de la que hablábamos antes, ha decidido emprender el camino contrario y no le ha importado doblar las ratios de 17 a 30 alumnos por clase, repercutiendo el dinero ahorrado en salarios más altos para los docentes.

La responsabilidad de la situación terrible de la educación pública es sin duda compartible por los actores que en ella intervienen: Familia, Legislador y Escuela. España cuenta hoy en la instrucción pública con los docentes mejor preparados y especializados de toda su Historia, sin embargo no debe ofender a nadie el recordatorio de sus carencias y la comparación con naciones más eficientes y exitosas en la gestión escolar.

Me quedo con dos de las recetas que aporta la consultora McKinsey.
Primero: el tamiz con el que los Estados deben seleccionar a sus maestros tiene que hacerse más estricto; tanto más estricto, cuanto menor sea la edad del niño y por consiguiente más irreversibles los efectos de una mala praxis.
Segundo: Estos deben ingeniárselas económica y laboralmente para atraer y conservar a las personas más notables de cada carrera y promoción, para que abracen la profesión docente en lugar de una rentable carrera en la empresa privada.

Nunca he olvidado a los buenos maestros que tuve de niño. Aún trato de emular su seguridad, su energía desbordante y aquel torbellino de saber encerrado en una bata blanca manchada de tiza... Por desgracia, al autor de estas líneas, lo mismo que al sistema, aún le queda mucho camino que recorrer.

© 2008, Marcos A. Díaz

jueves 10 de enero de 2008

La Dama y el vagabundo.

Margaret Thatcher: el capitalismo del pueblo.
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (10/1/08) y "Diario de América" (25/1/08)

Gordon Brown Primer Ministro laborista de Gran Bretaña, dice ser profundo admirador, pásmense, de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher... El flamante PM se ve a sí mismo como un político de casta y convicciones “alla Thatcher”. Brown, está lejos hoy del bisoño parlamentario que fue en los 80 y que con tanta pasión criticaba sus políticas.

Algunos días después, ante la atónita mirada del país, recibe en el número 10 a la anciana baronesa, toman el té y departen amistosamente durante dos horas. El gesto del premier británico no es gratuito, pues aprovecha para meter el dedo en el ojo al actual líder de los conservadores David Cameron, impeliendo al partido rival a no dilapidar la herencia recibida del Thatcherismo.

Ya sean estos elogios reales o fingidos, sinceros cumplidos o lisonjas interesadas del menudeo político doméstico, el legado de la Dama de Hierro no debería ser ajeno a ningún estadista contemporáneo, británico o extranjero. Y bien, ¿cuál es la herencia olvidada del Thatcherismo que Brown reprocha a la oposición conservadora?

En política laboral y social, muchos recuerdan los 80 como un periodo convulso de huelgas y fractura social. El conflicto con los sindicatos mineros a raíz del cierre de pozos improductivos, es visto como una involución en los derechos de asociacionismo y huelga. Sin embargo las restricciones legales que el gabinete Thatcher impuso al poder omnímodo de los sindicatos, deben ser puestos en el contexto de la década y del permanente chantaje de los líderes sindicales al estado y a la clase trabajadora crítica con sus objetivos y métodos.
La propia Maggie resumía en una antigua entrevista las líneas maestras de su política.
Al ser preguntada si el thacherismo había dividido al país con sus draconianas medidas en el asusto de las minas, la primera ministro afirmó con la mirada clavada en los ojos de su entrevistador y un timbre de voz temperado, que la verdadera división del país había tenido lugar con los conflictos sindicales al final de la última legislatura de su predecesor laborista Callaghan. El movimiento sindical de entonces, en opinión de la premier Thatcher, estaba gobernado por líderes dictatoriales que usaban su poder contra sus propios compañeros obligándoles a ir a la huelga cuando no querían hacerlo. Ejercían la presión mediante piquetes y manifestaciones sobre empresas en las que jamás había existido problema alguno, hasta el punto de cerrar muchas de ellas en el más puro estilo mafioso.
Estas actuaciones reeditadas durante la huelga del carbón, planteaban un chantaje a la nación a través de la producción y abastecimiento de electricidad. En su estratégico sector los sindicatos huelguistas impedían que la energía necesaria llegase a la industria, poniendo en peligro los empleos de miles de trabajadores y la luz y calefacción necesaria para hogares y familias. En previsión de la larga guerra que se avecinaba, la astuta Margaret acumuló el suficiente stock de carbón para poder torcer el brazo al pulso sindicalista. Y se salió con la suya: las Trade Unions jamás volvieron a tener la misma influencia tras la derrota inflingida por la dama de hierro... tampoco Gran Bretaña volvería a ser la misma.

El liberalismo tory de la Thatcher resucitó a Inglaterra del estatismo hipertrofiado de los 70 que la había postrado como el “hombre enfermo” de Europa. Acometió la reactivación económica del país, a través de privatizaciones masivas de las telecomunicaciones, la electricidad, el gas, las líneas aéreas... pocos sectores estratégicos quedaron fuera de su fiebre privatizadora. Su proyecto explícito era entendido como una cruzada mundial en aras de una nueva forma de economía: El capitalismo del pueblo.
El capitalismo popular, supuso esa venta de las principales compañías estatales, con un triple objetivo: comprometer a las masas en la vida económica de la nación, una fuente de ingresos colosal para el erario público y la garantía de eficiencia en el funcionamiento de los servicios públicos. En los 11 años de su mandato, el thatcherismo elevó el porcentaje de británicos con participaciones bursátiles del 7 al 25%, algo que cambió la faz del país y convirtió al Reino Unido en una nación de pequeños accionistas y ahorradores. Estas son las fórmulas del éxito económico de los 90 y las rentas de la que aún sigue viviendo el Reino Unido. Esto es con estricta literalidad, llevar el poder al pueblo.

Ella creía fervientemente y cree aún en su senectud, que todo el mundo tiene el derecho a alcanzar la prosperidad para sí mismo y su familia trabajando honradamente y con esfuerzo. Las políticas conducentes a disminuir la carga impositiva fueron la consecuencia lógica y justa a una filosofía de estímulo al esfuerzo. (Abro paréntesis aquí para recordar que hoy, en algunos países, la cultura del esfuerzo ha desaparecido incluso de las escuelas, como un patético reflejo del mundo de los adultos).
Su política fiscal basada en la bajada de algunos impuestos y la supresión de otros ha sido emulada con gran éxito en muchos países, y ha quedado en los manuales como un recurso que confiere dinamismo y competitividad a cualquier economía.

Cuanto más ahonda uno sobre la gestión política de Margaret Thatcher, más fascinante parece su figura y mayor la maestría con que supo lidiar al periodo histórico que le tocó vivir. Una defensora del libre mercado y la libertad individual. Valladar frente al comunismo en un momento de la historia convulso e incierto. Una mujer en un mundo de hombres que devolvió la dignidad internacional a su país y sentó las bases de su actual prosperidad. Personaje del siglo XX imprescindible e irrepetible.

© 2008, Marcos A. Díaz