«Amérique, Je t'aime bien ... »
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (31/1/08) y "Diario de América" (2/2/08)
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (31/1/08) y "Diario de América" (2/2/08)
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Alexis de Tocqueville, reúne en torno a su figura el extraño honor de ser respetado, sesgado y malentendido por igual, en los dos focos de la revolución democrática contemporánea; Francia su patria, y los EE UU, el objeto de su estudio y dedicación. A su inquietud e intuición, debemos no solo el primer análisis serio de las instituciones políticas americanas, sino la lectura más preclara de los peligros ocultos que encierra una democracia.
Es sorprendente que el más constante demócrata e ilustre liberal de la edad contemporánea sea un noble de rancio abolengo. Un hombre cuyo apellido vio de cerca la hoja de la guillotina durante el Terror revolucionario, que escuchaba de niño las terribles historias de 1794 en boca de sus padres y que en lugar de asociar la democracia con el caos y los excesos cometidos en su nombre ha sido su principal codificador y fascinado admirador.
Muchos intérpretes antiliberales han querido exagerar el carácter aristocrático de Tocqueville, para caricaturizarle como un reaccionario retrógrado y un enemigo del progreso en sus avisos sobre el doble filo de la democracia.
Tocqueville, tras su histórico viaje a los EE UU de 1831 comprende que democracia y libertad son dos constantes cuya necesidad histórica es ineluctable y que se abren camino contra cualquier intento de reacción o restauración. El autor entiende al proceso iniciado con las Revoluciones del XVIII como fruto de una historia providencial contra la que no se puede hacer nada y trata por ello de estructurar ese proceso y darle forma. Supo además reconocer sus virtudes igual que las terribles amenazas despóticas que esconde, y contra las que previene a los hombres del presente.
Tocqueville es el primero en intuir la tiranía de la mayoría. Lo que él reprocha a los revolucionarios del 14 de Julio es haber arrancado de cuajo los valores de excelencia y compromiso político de la aristocracia, haciendo un daño irreparable a la libertad. Al hacer tabla rasa del “nobleza obliga”, de la independencia, del mérito como leitmotiv, y de ese hábito de libertad de pensamiento individual que las clases aristocráticas habían guardado bajo el absolutismo, la democracia puso en peligro la libertad y sepultó al individuo en la masa.
Filósofo, politólogo, sociólogo... quizás habría que tildarlo de profeta. ¿Quién sino un augur podía entrever en los años 30 del siglo XIX que aquel pequeño amasijo de estados e intereses divergentes habría de devenir la primera potencia mundial? ¿Quién excepto un visionario podría haber predicho que la pequeña nación agrícola y subsistente de los sueños aislacionistas de Jefferson, culminaría su expansión hasta el pacífico y libraría una cruenta guerra civil para desterrar la esclavitud?
Sus aciertos y exactitudes, vienen no tanto de sus dotes proféticas como de un frío análisis de los cambios políticos y sociales que la apenas estrenada edad contemporánea había llevado a Europa. El prisma americano le dota de una herramienta especial para observar a la democracia y distinguir sus miserias, como la mencionada tiranía de la mayoría, la presión de la masa y la peor de todas, la inhibición política.
Nos previene de esa inhibición política del “homo democraticus”, de su repliegue sobre la esfera privada y de la muerte de la sociedad civil que trae un nuevo despotismo peor que el del antiguo régimen. Alexis de Tocqueville liberal y demócrata, reconoció al Estado y al individuo como magnitudes inversas y que el uno no puede ahondar en su libertad y desarrollo sin que el otro retroceda y viceversa.
El bicentenario de su nacimiento en 2005 supuso la reactivación de los estudios tocquevilianos y un interés por su obra dentro y fuera de los círculos liberales. “De la democracia en América” es una obra indispensable que está por encima de las épocas y los países en que es leída. No solo es útil para estudiar a los EE UU como sujeto político singular, sino para comprender virtudes y defectos del que es “el menos malo de los regímenes políticos”, la democracia. Hoy, en el fragor de la campaña electoral a este y al otro lado del charco, recordamos que las ideas de Tocqueville resuenan casi dos siglos después de ser escritas con su vigencia intacta, sus acertados vaticinios y unos temores lanzados, a modo de advertencia, como una botella en el océano del tiempo.
© 2008, Marcos A. Díaz.
Es sorprendente que el más constante demócrata e ilustre liberal de la edad contemporánea sea un noble de rancio abolengo. Un hombre cuyo apellido vio de cerca la hoja de la guillotina durante el Terror revolucionario, que escuchaba de niño las terribles historias de 1794 en boca de sus padres y que en lugar de asociar la democracia con el caos y los excesos cometidos en su nombre ha sido su principal codificador y fascinado admirador.
Muchos intérpretes antiliberales han querido exagerar el carácter aristocrático de Tocqueville, para caricaturizarle como un reaccionario retrógrado y un enemigo del progreso en sus avisos sobre el doble filo de la democracia.
Tocqueville, tras su histórico viaje a los EE UU de 1831 comprende que democracia y libertad son dos constantes cuya necesidad histórica es ineluctable y que se abren camino contra cualquier intento de reacción o restauración. El autor entiende al proceso iniciado con las Revoluciones del XVIII como fruto de una historia providencial contra la que no se puede hacer nada y trata por ello de estructurar ese proceso y darle forma. Supo además reconocer sus virtudes igual que las terribles amenazas despóticas que esconde, y contra las que previene a los hombres del presente.
Tocqueville es el primero en intuir la tiranía de la mayoría. Lo que él reprocha a los revolucionarios del 14 de Julio es haber arrancado de cuajo los valores de excelencia y compromiso político de la aristocracia, haciendo un daño irreparable a la libertad. Al hacer tabla rasa del “nobleza obliga”, de la independencia, del mérito como leitmotiv, y de ese hábito de libertad de pensamiento individual que las clases aristocráticas habían guardado bajo el absolutismo, la democracia puso en peligro la libertad y sepultó al individuo en la masa.
Filósofo, politólogo, sociólogo... quizás habría que tildarlo de profeta. ¿Quién sino un augur podía entrever en los años 30 del siglo XIX que aquel pequeño amasijo de estados e intereses divergentes habría de devenir la primera potencia mundial? ¿Quién excepto un visionario podría haber predicho que la pequeña nación agrícola y subsistente de los sueños aislacionistas de Jefferson, culminaría su expansión hasta el pacífico y libraría una cruenta guerra civil para desterrar la esclavitud?
Sus aciertos y exactitudes, vienen no tanto de sus dotes proféticas como de un frío análisis de los cambios políticos y sociales que la apenas estrenada edad contemporánea había llevado a Europa. El prisma americano le dota de una herramienta especial para observar a la democracia y distinguir sus miserias, como la mencionada tiranía de la mayoría, la presión de la masa y la peor de todas, la inhibición política.
Nos previene de esa inhibición política del “homo democraticus”, de su repliegue sobre la esfera privada y de la muerte de la sociedad civil que trae un nuevo despotismo peor que el del antiguo régimen. Alexis de Tocqueville liberal y demócrata, reconoció al Estado y al individuo como magnitudes inversas y que el uno no puede ahondar en su libertad y desarrollo sin que el otro retroceda y viceversa.
El bicentenario de su nacimiento en 2005 supuso la reactivación de los estudios tocquevilianos y un interés por su obra dentro y fuera de los círculos liberales. “De la democracia en América” es una obra indispensable que está por encima de las épocas y los países en que es leída. No solo es útil para estudiar a los EE UU como sujeto político singular, sino para comprender virtudes y defectos del que es “el menos malo de los regímenes políticos”, la democracia. Hoy, en el fragor de la campaña electoral a este y al otro lado del charco, recordamos que las ideas de Tocqueville resuenan casi dos siglos después de ser escritas con su vigencia intacta, sus acertados vaticinios y unos temores lanzados, a modo de advertencia, como una botella en el océano del tiempo.
© 2008, Marcos A. Díaz.


Gordon Brown Primer Ministro laborista de Gran Bretaña, dice ser profundo admirador, pásmense, de la Dama de Hierro, Margaret Thatcher... El flamante PM se ve a sí mismo como un político de casta y convicciones “alla Thatcher”. Brown, está lejos hoy del bisoño parlamentario que fue en los 80 y que con tanta pasión criticaba sus políticas.