18 años después del suicidio educativo de la España contemporánea...
El treintañero que esconde con rubor una falta de ortografía en un e-mail o la excesiva tardanza en dividir la cuenta entre los comensales de la cena, lleva como galones el no pertenecer a esa nueva hornada: “Yo estudié el BUP, a mí no me tocó la LOGSE...” aclara rápidamente. Otros, por la juventud de los rasgos, el ceño fruncido ante la letra impresa o por una inexplicable buena opinión de sí mismos, no pueden esconder que son los niños de la LOGSE. De forma natural inspiran desconfianza en aquel pobre usuario al que deben instalar un enchufe o reparar una cañería. No menos suspicaz se muestra el patrón para el que trabajan que nota la suficiencia y la soberbia, heredada de los tiempos escolares y del perdido respeto al maestro..
La LOGSE empapa a toda la sociedad desde hace casi dos décadas y el niño de ayer se ha convertido en el hombre de hoy. No sólo los electricistas y los fontaneros... LOGSE son los nuevos profesionales liberales. LOGSE los médicos de la sanidad pública. LOGSE los que diseñan los viaductos y los puentes. LOGSE el abogado, el árbitro de fútbol y el práctico de puerto. Los manipuladores de alimentos, los pilotos de combate, el cura, el maestro y el sargento de la guardia civil. LOGSE el padre, el hijo y el espíritu santo. Incluso los políticos de las nuevas generaciones... ¡ay!..., también son de la LOGSE.
Aquellos que en 1990 eran partidarios de la reforma educativa, la vieron llegar, implantarse y con el tiempo fracasar en sus nobilísimas intenciones. Hoy se aducen varias excusas para el batacazo educativo nacional: la ausencia de una ley de acompañamiento presupuestario, los cambios habidos en la sociedad en las dos últimas décadas, el signo de los tiempos... Sin embargo, lo cierto es que la LOGSE falló por una filosofía errónea. La misma filosofía que empapaba a su gemela en Francia y que provocó unos efectos parejos en el país vecino. Cuando esos efectos nocivos se dejaron notar allí, España siguió la senda del “in errore perseverare” que es una máxima histórica nacional habitual.
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La LOGSE fracasó porque introducía el concepto de la promoción automática de curso que mata la idea de esfuerzo y superación como medio para alcanzar todo fin...
La LOGSE fracasó porque en lugar de permitir al profesorado concentrarse en sus tareas docentes lo sepultaba bajo una burocracia de papelotes inútiles.
La LOGSE fracasó porque instauró un bachillerato de dos años que es el más breve del mundo cronológica e intelectualmente...
La LOGSE fracasó porque destruyó la meritocracia y el afán de superación entre el profesorado al eliminar el cuerpo de catedráticos y la legítima posibilidad de promoción...
La LOGSE fracasó porque extendía la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años (muy bien) sin eliminar la comprehensividad en las aulas en los cursos más altos (muy mal).
La fonética gutural de estas siglas funestas, ha escapado del ámbito legislativo y ya pertenece a nuestro acervo popular como sinónimo de cuanto es feble y mediocre, de ignorancia autocomplaciente, agrafía, alalia, laxitud en el rendimiento y permisividad en su estimación. La innombrable ley ha servido para etiquetar a toda una generación de españolitos que llevan en la frente como el signo de Caín el estigma de ser los niños de la LOGSE. Nunca antes se había producido el fenómeno sociológico de que el nombre de una ley sirviese para representar el esperpento de la vida cotidiana, la oquedad de contenidos y el fracaso.
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18 años después se hace evidente que quienes estamparon su firma en aquel mes de octubre de 1990 sobre la malhadada ley hicieron más perjuicio a la nación que los ejércitos de Napoleón, la invasión islámica de 711 o la peste negra. No olvido la vergüenza que merecen aquellos que tras 8 años al timón no tuvieron las agallas de mirar a la cara a sindicatos, iluminados sesentayochistas, comunidades autónomas de hecho diferencial inflamado, y atajar las deficiencias que ya entonces se empezaban a percibir.
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Trabajo costará desandar el camino por el que la ley de Javier Solana nos ha obligado a transitar. Su espíritu y errores, sobreviven en la vigente LOE corregidos y aumentados y no son, por desgracia, un buen augurio para que los niños de la LOGSE puedan ser algún día padres de una generación que los redima.
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Marcos A. Díaz
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