martes 22 de enero de 2008

De los buenos maestros... y de los que son mejorables.

Docentes mediocres y fracaso escolar.
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (24/1/08)
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¿Piensa Ud. que la ineptitud, incuria o inexperiencia del docente es la causa real de los problemas escolares de su hijo?

La tentación de descargar la responsabilidad del fracaso escolar sobre los hombros del docente es deliciosa. Es un cosquilleo abdominal, placentero y aliviante que redime los pecados.
La sociedad postmoderna del padre-amigo, que compra sosiego e inhibición con un billete 20 euros y bosteza ante la telebasura... la sociedad del aquí y ahora que desea ser exonerada de cualquier responsabilidad y a la que la educación del niño pesa y molesta como piedras en los bolsillos... esa sociedad descreída y desnuda de valores, está atenazada por la mala conciencia y necesitada de un chivo expiatorio: pobre maestro... ¿qué ha hecho él para merecer esto?
También hay para el legislador educativo... el desertor de la tiza, el iluminado del mayo de vino y rosas, a ese forofo de la escuela comprehensiva, del igualitarismo por decreto y escéptico enemigo del esfuerzo... A ese le faltan pocas excusas para perseverar en el error de políticas pasadas ante los rebuznos de asentimiento del respetable.

Ahora bien, sres. docentes, maestros, profesores, catedráticos... amigos todos. Tras repartir algo de cera en una justa defensa, llega el momento de hacer acto de contrición como colectivo. Cuantos recordamos haber recibido clase alguna vez, conocemos la diferencia entre el profesor que despertaba las inquietudes y el somnífero. Quien potenciaba los talentos y estimulaba las vocaciones y aquel efectivo remedio contra el insomnio.
En la docencia, como en cualquier oficio, hay buenos y malos maestros y por ello siempre he odiado el corporativismo profesional y a aquellos que jamás consideran responsable a su gremio de nada negativo. Es el “hoy por ti, mañana por mí” que solo sirve para enquistar los problemas derivados de la mala praxis. La intuición dice que se puede hacer mucho para mejorar el nivel de los docentes y los resultados que se obtienen de sus alumnos.

Los mejores sistemas educativos, reclutan a los mejores docentes. Este parece ser el resumen que extrae la consultora Mckinsey del informe PISA del año pasado y que el diario The Economist sanciona y eleva a rango de ley: “Mejore al docente en todo parámetro, y el sistema educativo mejorará con él”. Tal es el lema del podium de países que lideran año tras año este programa de la OECD recurrentemente: Canadá, Finlandia, Japón, Singapur, y Corea del sur, como de costumbre.

Los países anglosajones llevan tres décadas inyectando dinero en sus sistemas educativos sin resultados aparentes de mejoría. El informe asegura que invertir más dinero y horas lectivas no es el remedio universal: Singapur gasta menos que la media, y sus niños arrasan en mates; los Finlandeses dominan en comprensión lectora entrando al cole más tarde que los demás y permaneciendo en él menos horas. Así pues, la diferencia entre buenas y malas escuelas no reside tanto en el dinero y tiempo invertido, como en otros factores de gestión estructural. ¿Cuáles? Estos países saben atraer a la enseñanza a los titulados con mejor expediente.

Dato relevante. En los países con resultados escolares óptimos, el gremio docente goza de un estatus social elevado, un respeto reverencial del conjunto de la sociedad y la adhesión inquebrantable de legisladores y padres.

Para comprender el cómo, hay que empezar por el dónde: Corea del sur. Allí, se suma la tradicional visión confucionista del aprendizaje y su veneración al maestro, con el hecho de captar para la función docente a los mejores titulados de cada promoción. Las escuelas de magisterio, cuentan con numerus clausus estrictos y planificados de acuerdo a las necesidades demográficas del país y sus índices de natalidad. Se exige del candidato, un expediente académico excelente y una nota de corte muy alta, ya que las universidades que ofertan esta titulación son muy pocas en todo el país y muy elevada la competencia entre aspirantes.
No todos los países se parecen en este rigor. En EE UU y la mayor parte del mundo occidental, solo terminan ejerciendo la docencia los expedientes más mediocres del último tercio de la promoción. Los más brillantes son atraídos por los altos salarios de la empresa privada y solo una minoría de vocación extrema recala ante la pizarra. ¿Es o no entonces, una cuestión de dinero? Es más bien una cuestión de cómo invertir el dinero del que se dispone.

Los ministerios de educación saben que no pueden permitirse tener a los mejores en el oficio y tratan de solucionar el problema reduciendo las ratios de alumnos por aula. El problema reside en que un mismo presupuesto con ratios más bajas, implica un incremento del número de profesores necesarios y una disminución a la larga de sueldo y estatus social, lo que perpetúa el problema. Corea, de la que hablábamos antes, ha decidido emprender el camino contrario y no le ha importado doblar las ratios de 17 a 30 alumnos por clase, repercutiendo el dinero ahorrado en salarios más altos para los docentes.

La responsabilidad de la situación terrible de la educación pública es sin duda compartible por los actores que en ella intervienen: Familia, Legislador y Escuela. España cuenta hoy en la instrucción pública con los docentes mejor preparados y especializados de toda su Historia, sin embargo no debe ofender a nadie el recordatorio de sus carencias y la comparación con naciones más eficientes y exitosas en la gestión escolar.

Me quedo con dos de las recetas que aporta la consultora McKinsey.
Primero: el tamiz con el que los Estados deben seleccionar a sus maestros tiene que hacerse más estricto; tanto más estricto, cuanto menor sea la edad del niño y por consiguiente más irreversibles los efectos de una mala praxis.
Segundo: Estos deben ingeniárselas económica y laboralmente para atraer y conservar a las personas más notables de cada carrera y promoción, para que abracen la profesión docente en lugar de una rentable carrera en la empresa privada.

Nunca he olvidado a los buenos maestros que tuve de niño. Aún trato de emular su seguridad, su energía desbordante y aquel torbellino de saber encerrado en una bata blanca manchada de tiza... Por desgracia, al autor de estas líneas, lo mismo que al sistema, aún le queda mucho camino que recorrer.

© 2008, Marcos A. Díaz

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