« …Gracias a los salvadores de la paz…. »
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (21/11/07)
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (21/11/07)
En una ocasión, hace ya tiempo, cayó en mis manos una vieja foto descolorida en la que sonreían dos rostros maduros, dos hombres de aspecto distinguido que vestían a la usanza de otra época. Bajo las orgullosas efigies brillaban sus nombres, Daladier y Chamberlain, muy ilustres premiers de Francia y Gran Bretaña, con una amplia leyenda que decía en francés: “Merci, aux sauveurs de la paix”.
La postal fue editada en octubre de 1938, tras la conferencia de Munich donde los dos héroes habían conseguido la paz en el continente al alto precio de sacrificar a los checoslovacos ante Hitler. Todavía hoy se enseña a los niños checos la cobarde traición de las democracias occidentales que vendieron su país al tirano por un año de paz. Sin embargo, en Octubre del 38, nadie pensaba en las consecuencias de aquella negociación con la bestia. Millones de personas recibían con los brazos abiertos a los salvadores de la paz. Las voces críticas que lamentaban el apaciguamiento y la contemporización quedaron ahogadas por miles de gargantas que respiraron aliviadas: La paz había sido salvada. Churchill y otros que como él eran vituperados con la etiqueta de belicistas, vaticinaron que preferir la deshonra a la guerra mantendría la deshonra y traería la guerra de todos modos... pero nadie parecía interesado en escucharles.
El tercer Reich de Adolf Hitler se salía con la suya por enésima vez desde hacía un lustro, y pisoteaba la soberanía de sus vecinos sin contemplaciones. Las cancillerías europeas contemplaban aterradas cómo las potencias occidentales no movían un dedo, acobardadas igual que su opinión publica ante la idea de ir a la guerra una vez más. Los horrores de la Gran Guerra estaban tan solo a una generación de distancia y ningún hombre, mujer o niño consentiría a sus líderes una reedición de aquel conflicto.
Cuando miro esta foto me entran escalofríos. No por el recuerdo de lo que habría de pasar tan solo un año después de que hubiese sido tomada. No por rememorar el abismo de sangre y destrucción en el que Europa y el mundo habrían de sumirse por la ambición desmedida de algunos de sus líderes y la pusilánime omisión de otros. Mi turbación viene de las valiosas lecciones que nos da la Historia y lo poco que aprendemos de ella. El pasado envía señales a los hombres del presente, como un augur que brama en mitad de la plaza. Mientras avisa de una desgracia que está por venir, los niños le tiran piedras y los vecinos pasan a su lado sin siquiera reparar en él. De igual modo algunas lecciones de los libros de Historia pasan inadvertidas e ignoradas, aunque brillan como el sol en el cielo.
La “lección de Munich” dice que el apaciguamiento, en una pugna con un rival fanático, solo sirve para envalentonarle y nunca para darle satisfacción. Que la contemporización resta crédito a la voluntad de lucha del que se defiende y anima al agresor a elevar sus demandas.
Es responsabilidad del negociador saber si su interlocutor puede ceder a cambio de un gesto o si por el contrario usará esos gestos como un síntoma de debilidad para continuar extorsionándole. Debe distinguir entre un rival razonable y uno fanático. Debe conocer la diferencia entre arar en un secarral estéril donde difícil es que el grano germine y hacerlo sobre las olas del mar donde esto es sencillamente imposible.
La paz ha de ser el objetivo, pero esta no puede ser alcanzada a cualquier precio como la Historia nos enseña. Paz y pacifismo no son siempre palabras con connotaciones positivas sino a veces invitaciones a la ignominia y al fracaso. No es ninguna deshonra ni rasgo incivilizado, encontrarse en situaciones en la que una salida negociada es imposible. Cuando el agresor carece de voluntad para esa negociación, la única salida moral y efectiva es la fortaleza y la resistencia. Perseverar en la creencia de que ceder es una alternativa, por ingenuidad o interés, es inmoral e inútil.
Son muchos los agresores que aún golpean la decencia y la libertad en nuestro entorno cercano y lejano. ¿Acaso habrán de venir de nuevo otros Chamberlain? ¿ Acaso las masas hambrientas de paz lo recibirán de nuevo a su vuelta de Munich como a un héroe? No tengo que recordar al lector dónde ni cuándo se producen atropellos totalitarios, ni los rincones de nuestro país a los que el miedo atenaza e impide respirar en libertad. Los checos, víctimas de la agresión nazi sancionada hace 70 años por aquellos egregios hombres de estado y todas las víctimas que ocupan hoy su lugar, merecerían que sus líderes tuviesen bien aprendida la lección de Munich. Que la tentación y el miedo no les acobarden. Que no cometan el mismo error que los dos hombres de la fotografía, aquellos "salvadores de la paz".
Cuando Francia cayó, en mayo del 40, Churchill se quedó solo ante la serpiente. Lejos de negociar con ella, mandó un mensaje a su nación y a ese enemigo que quería aniquilarla:
El tercer Reich de Adolf Hitler se salía con la suya por enésima vez desde hacía un lustro, y pisoteaba la soberanía de sus vecinos sin contemplaciones. Las cancillerías europeas contemplaban aterradas cómo las potencias occidentales no movían un dedo, acobardadas igual que su opinión publica ante la idea de ir a la guerra una vez más. Los horrores de la Gran Guerra estaban tan solo a una generación de distancia y ningún hombre, mujer o niño consentiría a sus líderes una reedición de aquel conflicto.
Cuando miro esta foto me entran escalofríos. No por el recuerdo de lo que habría de pasar tan solo un año después de que hubiese sido tomada. No por rememorar el abismo de sangre y destrucción en el que Europa y el mundo habrían de sumirse por la ambición desmedida de algunos de sus líderes y la pusilánime omisión de otros. Mi turbación viene de las valiosas lecciones que nos da la Historia y lo poco que aprendemos de ella. El pasado envía señales a los hombres del presente, como un augur que brama en mitad de la plaza. Mientras avisa de una desgracia que está por venir, los niños le tiran piedras y los vecinos pasan a su lado sin siquiera reparar en él. De igual modo algunas lecciones de los libros de Historia pasan inadvertidas e ignoradas, aunque brillan como el sol en el cielo.
La “lección de Munich” dice que el apaciguamiento, en una pugna con un rival fanático, solo sirve para envalentonarle y nunca para darle satisfacción. Que la contemporización resta crédito a la voluntad de lucha del que se defiende y anima al agresor a elevar sus demandas.
Es responsabilidad del negociador saber si su interlocutor puede ceder a cambio de un gesto o si por el contrario usará esos gestos como un síntoma de debilidad para continuar extorsionándole. Debe distinguir entre un rival razonable y uno fanático. Debe conocer la diferencia entre arar en un secarral estéril donde difícil es que el grano germine y hacerlo sobre las olas del mar donde esto es sencillamente imposible.
La paz ha de ser el objetivo, pero esta no puede ser alcanzada a cualquier precio como la Historia nos enseña. Paz y pacifismo no son siempre palabras con connotaciones positivas sino a veces invitaciones a la ignominia y al fracaso. No es ninguna deshonra ni rasgo incivilizado, encontrarse en situaciones en la que una salida negociada es imposible. Cuando el agresor carece de voluntad para esa negociación, la única salida moral y efectiva es la fortaleza y la resistencia. Perseverar en la creencia de que ceder es una alternativa, por ingenuidad o interés, es inmoral e inútil.
Son muchos los agresores que aún golpean la decencia y la libertad en nuestro entorno cercano y lejano. ¿Acaso habrán de venir de nuevo otros Chamberlain? ¿ Acaso las masas hambrientas de paz lo recibirán de nuevo a su vuelta de Munich como a un héroe? No tengo que recordar al lector dónde ni cuándo se producen atropellos totalitarios, ni los rincones de nuestro país a los que el miedo atenaza e impide respirar en libertad. Los checos, víctimas de la agresión nazi sancionada hace 70 años por aquellos egregios hombres de estado y todas las víctimas que ocupan hoy su lugar, merecerían que sus líderes tuviesen bien aprendida la lección de Munich. Que la tentación y el miedo no les acobarden. Que no cometan el mismo error que los dos hombres de la fotografía, aquellos "salvadores de la paz".Cuando Francia cayó, en mayo del 40, Churchill se quedó solo ante la serpiente. Lejos de negociar con ella, mandó un mensaje a su nación y a ese enemigo que quería aniquilarla:
"... pelearemos en las playas, en los campos y en las calles...pelearemos en las colinas, pero... nunca, jamás nos rendiremos..."
© 2007, Marcos A. Díaz
