miércoles 26 de septiembre de 2007

El señor tomará,... ¿Ciencias o letras?

La formación integral del individuo en la enseñanza secundaria.
Artículo publicado en "La Nueva España" (25/1/08) y en "España Liberal" (1/6/08)

Escoger a los 15 años el itinerario de los estudios futuros es un difícil trance, pues toda tu vida futura depende de ello. Talentos, temperamentos, inclinaciones y sabios consejos de sus mayores, orientan y desorientan al joven por una rama u otra del saber. El escenario tiene algo de dirigismo y casualidad, una pizca de lucidez y mucho de suerte: tres de cada cuatro chavales viven perdidos en el mar de confusión, hormonas y desasosiego propio de su edad. Unos van a equivocar el camino y terminarán por dar marcha atrás, otros sencillamente no saben qué hacer con sus vidas y se dejarán llevar por la corriente, la intuición o la venada. Las vocaciones mudan con rapidez pasmosa: hoy abogado, mañana actriz, pasado astronauta y siempre viajero desnortado, brújula loca, destino incierto. Pobres chicos y paupérrimos papás impotentes...

¿Cuál es el papel de la familia? ¿Imponer carreras razonables, pragmáticas y que le garanticen un oficio bien remunerado? ¿Correr el riesgo de amargarles la vida con una materia que les repela? ¿Dar carta blanca a su vocación sea esta real o fruto de los pájaros en la cabeza de la adolescencia? No sé si alguien se atreve a dar respuesta a estos interrogantes. Yo desde luego no. La casuística de niños, carreras y papás es demasiado amplia para conjugarla en una ley exacta. Lo que sí sé, es que la formación integral del individuo debe combinar e ir más allá, a las dos opciones que dan título a este texto. Sí sé, que en la etapa de la vida en que pasamos de la adolescencia a la edad adulta no se deben cerrar puertas en nombre del utilitarismo. Demos a nuestros hijos la posibilidad de ser más libres. Al futuro médico la historia de la teoría política, al abogado unos rudimentos de botánica, al ingeniero las obras completas de Chéjov, al músico fundamentos de cinética, al militar algo de inglés y a todos ellos, lo que dijo un tal Aristóteles.

Es cosa cierta que las sociedades modernas exigen a sus miembros la especialización de saberes y oficios. La prosperidad está en la productividad y nadie produce como es debido sin ser especialista en un campo determinado. Una pieza bien ajustada del engranaje, que sabe bien como rotar, que bascula y oscila pero no sabe nada de aquella rueda dentada o ese pistón que hace lo propio ahí, justo al lado. Cada cual en su oficio es eficiente, pero... ¡ay de aquel, al que sacan de su ámbito de conocimiento!
No digo yo aquí, que esto sea malo ni iré contra lo práctico del sistema; las ruedas dentadas deben girar. Pero sí digo que un ciudadano, que lee el periódico sentado a la mesa mientras se lleva una taza de café a los labios, puede ser esponja, coladero o tamiz. Digo, que debe tener los filtros en todos los ámbitos del saber, activos, actualizados y suficientes para distinguir la mercancía fresca de la caducada. Para cuestionar sanamente sus fuentes de información. Da igual si lee la sección de política internacional, ojea la de ciencia y tecnología o escudriña la de sociedad y cultura.

Sé que no son estos, los tiempos del uomo universale, sabio en todas las disciplinas y artes. No es posible ni útil que lo sean, pues en la era de Internet el caudal de información es varias veces el que había en el quatrocento. Sin embargo, ha de recordar el legislador educativo (presente y futurible) que Ciencias y Letras deben conformar por igual y de forma equilibrada los contenidos de la enseñanza obligatoria. Desinflar el peso del latín, el arte, la filosofía, la música o la historia, o restringir su acceso a todos los alumnos demasiado pronto en la vida educativa, significa hacer tabla rasa sobre lo que la civilización humana ha ido construyendo generación sobre generación, siglo tras siglo. De igual modo, ¿cómo podrían ser ajenas el álgebra, la física, la biología o la informática a los profesionales de la humanística o las ciencias sociales?
Amputar parcial o totalmente uno de los dos brazos del conocimiento, significa construir eficientes borregos fáciles de controlar, fáciles de dirigir, ergo fáciles de engañar.

Déjese la especialización para los estudios superiores y fórmense en la secundaria y el bachillerato ciudadanos libres, de espíritu crítico y constructivo. Conscientes de vergüenzas y glorias del pasado y tanto abiertos a los problemas del presente, como prestos a las soluciones del futuro.

Bueno...y tú, Españolito... ¿Qué quieres ser de mayor?

© 2007, Marcos A Díaz

domingo 23 de septiembre de 2007

La cultura del esfuerzo bajo el juicio de los iluminados.

¡Adios Mayo, Adios...!
Artículo publicado en "La Nueva España" (29/05/07) y en "España Liberal" (7/6/08)

Recientemente he tenido la oportunidad de leer en internet las opiniones de ciertos pedagogos en relación con la así llamada cultura del esfuerzo, en las que esta concepción era puesta en tela de juicio y se predicaba su substitución por una “cultura de la pasión” . En ella supuestamente “... los estudiantes no tienen por qué hacer las cosas mediante el esfuerzo y el trabajo, sino por propio placer...” Debemos deducir de ello que quien no encuentre placer en determinada disciplina no debe ser estimulado-forzado a aprenderla ni ser reprendido en caso de pasividad ante la misma. Debemos deducir de ello que en semejante caso, el alumno gozaría del beneplácito de los diseñadores de esta teoría, al abrazar una política de pasividad o negación ante la asignatura que no se ajusta a sus preferencias.
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La intuición y la experiencia cotidiana nos llevan a proclamar que semejante hipótesis es una estafa. Aceptar su validez implicaría reconocer que nuestros alumnos son soberanos para marcar su itinerario en un momento de la vida en que carecen del sentido necesario para gobernarse como personas adultas. Se daría la paradoja de que, quien por su condición legal de menor y tutelado no puede votar, obtener el permiso de conducción o casarse, pero sí decidir sobre algo tan importante como la pertinencia o no, pongamos por caso de dominar el álgebra, cobijado bajo la coartada moral de que no le es placentero. No resultará extraño al lector el hecho de que hay pocos chicos de 15 años que capten la abstracta belleza de una ecuación. ¿Debemos por ello bajar los brazos y aceptar los hechos consumados de que un alumno no desarrolle sus potencias en la matemática porque la considere árida y poco estimulante? No se puede negar, por otro lado, que si nuestro hipotético alumno acaso se negase rotundamente a comulgar con números e incógnitas, poca cosa podríamos hacer. Si bien esto es cierto, denunciar el atropello intelectual que suponen estas teorías neutraliza la excusa de quién por su doble condición de humano y adolescente, tiene inmanente tendencia a cumplir la ley del mínimo esfuerzo.
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La consecución de los objetivos sin un esfuerzo previo es una falacia. Un mensaje erróneo que estamos mandando a nuestros jóvenes desde que pasar de curso no es un trance fruto del sudor y el talento sino una “promoción automática”, desde que palabras como responsabilidad, deber, tarea, norma son cacofonías desterradas del vocabulario pedagógico, y el término examen debe ser sustituido por un eufemismo para no traumatizar a nuestros cada vez más infantilizados jóvenes. La vida es esfuerzo desde la cuna a la tumba y solo obtiene su objetivo quien se sacrifica y pone todo su empeño. Cuanto antes hagamos saber esta certeza a nuestros jóvenes tanto mejor para ellos.
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En conclusión: reforzar la natural tendencia al mínimo esfuerzo no es una solución para paliar el galopante fracaso escolar que ha situado a nuestro país en niveles que invitan a la reflexión. Amén de muchísimos cambios estructurales quizás sería aconsejable empezar por renovar ciertas ideas pedagógicas heredadas del Mayo Parisino que empapan las últimas leyes educativas y que hoy huelen a rancio. El sistema educativo español avanza con el freno de mano puesto, y temo que en el futuro no valdrá con llegar segundo a la meta.

© 2007, Marcos A. Díaz

miércoles 12 de septiembre de 2007

Francophonie vs. Anglosfera

Los mitos políticos y lingüísticos de la Francofonía.
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Ciertamente, la lengua francesa es uno de los idiomas más importantes del mundo. Es la 13ª lengua más habladas en el planeta con 80 millones de personas como hablantes nativos. El francés es lengua oficial de la unión europea y de otros organismos internacionales y comparte con el inglés únicamente, la condición de lengua de trabajo de las Naciones Unidas. Códigos, convenciones, tratados y diplomacia en general han sido arreglados históricamente en francés. Sus literatos están entre los más vendidos e influyentes de la humanidad...

Sin embargo se suelen escuchar muchos análisis y analistas que apasionados y optimistas en exceso, exageran su rol actual. Fuentes de innegable audacia afirman que ya son 290 los millones de hablantes francófonos multiplicando su predicamento por más de tres y ascendiéndole al octavo puesto del ranking. Por ejemplo Radio France el ente público galo, que ha llegado a afirmar: “ Nuestro idioma es la única lengua enseñada en los cinco continentes junto al inglés y la única en disputarle la hegemonía” (sic). Acotar las fronteras de la francofonía real y de la imaginaria puede arrojar un poco de luz al respecto.

La francofonía representa a ese conjunto de países que tienen al francés en común, pero en el que el uso que se le reserva a esta lengua varía diametralmente. Por un lado, los países en los que el francés es lengua materna: Francia, con sus departamentos y territorios de ultramar (64 millones), La Valonia belga (4 millones), Mónaco (35.000), La Suiza francófona (1,5 millones) y las provincias canadienses del Québec (7,5 millones) y Nuevo Brunswick (700.000). Se añaden 2 millones que hablan el Criollo, una variante del francés que mezcla la sintaxis de las lenguas africanas con los léxicos europeos. Este Créole o Criollo es lengua oficial en Haití y las Seychelles. A pesar de los malabarismos aritméticos... aquí terminan los límites del francés real.
Más allá de este círculo interno, no es menos cierto que el francés es la lengua administrativa e incluso oficial de decenas de estados africanos. El francés ha permanecido como una herencia de la época colonial que sirve para unificar los intereses, a veces divergentes, de los pueblos que conforman los estados multiétnicos del África negra. Aquí encontramos a la lengua de los antiguos colonizadores como un verdadero tesoro. Es la herramienta más eficiente en la enseñanza, los medios de comunicación y la administración para aunar intereses, para olvidar diferencias étnicas y construir un proyecto común. Ahora bien, decir que el francés es la lengua de congoleses, marroquíes o chadianos es más que una mistificación.
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En el seno de la OIF (Organización internacional de la Francofonía), hay un tercer grupo de países cuya francofonía es particularmente sorprendente. Me he detenido en el caso de Grecia, Rumania, Polonia o Ucrania, orgullosos miembros de la OIF allá en la Europa del este. Son países, históricamente bajo la influencia sucesiva y a veces simultánea de otras potencias como Rusia, Alemania o el Imperio Otomano. Reivindican su francofonía sobre la base de que el francés era “lingua franca “ hasta el siglo XX y de que sus élites habían sido educadas en Francia o en francés ( aunque no más que en Londres o con el paso del tiempo, en los Estados Unidos). Si reparamos en el hecho de que no han pertenecido jamás al antiguo imperio colonial galo, que sus relaciones comerciales en algunos casos con Francia han sido menos que tangenciales y que, remate, algunos ni siquiera utilizan un alfabeto latino, la pregunta que se plantea es: ¿Qué se esconde detrás de la incorporación artificial a la Francofonía, de países donde no se habla el francés? En el caso polaco, rumano y búlgaro la respuesta reside en sus incorporaciones a la OIF y a la Unión Europea. Francia ha sido el padrino de estos países en su deseo de entrar al club europeo y en la vida nada es gratis: ¿Es la Francofonía, con tan bello sufijo “-fonía”, una construcción cultural y lingüística o quizás será una herramienta política?
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Su objetivo final no es otro que la consecución de un numero suficiente de votos cautivos en la ONU, para asegurarse el éxito de sus iniciativas internacionales; un fino clientelismo diplomático. Otra prueba cierta en otro organismo internacional y multilateral fue la elección de la sede olímpica de 2012. Los miembros del comité que pertenecían a la Commonwealth votaron en bloque por Londres y los que estaban adscritos a la OIF lo hicieron por París. Aún recordamos la delicada pregunta formulada por Alberto de Mónaco, sobre la seguridad antiterrorista en Madrid en el momento decisivo del proceso. La OIF es la respuesta legítima de Francia frente a otras organizaciones similares como la mencionada Commonwealth británica, la liga de países árabes, la comunidad de estados independientes antiguos miembros de la extinta Unión Soviética o las cumbres de Estados Iberoamericanos. En el caso de la Commonwealth of nations sus miembros comparten un pasado colonial común bajo el gobierno de su majestad y nadie intenta esconderlo. Las implicaciones económicas del organismo, asoman en la etimología del término con desenvuelta sinceridad. No hay referencia alguna a la lengua como en el caso fracés.

El flujo acción-reacción ha marcado siempre la competencia franco-británica tanto en los tiempos coloniales como post-coloniales. Es lo que llaman en geopolítica el “Complejo de Fachoda”, como referencia al remoto rincón de África donde las líneas de expansión de ambos imperios colisionaron a finales del siglo XIX. Hoy la rivalidad ya no se manifiesta sobre las arenas del Sudán sino en el terreno de las lenguas, entre otros muchos. Según la óptica francesa es necesario equilibrar la visión unívoca del mundo de los anglosajones, y Francia es quien debe liderar la batalla por la diversidad cultural. El francés es la lengua de los no alineados, decía Boutros-Galli. En este punto hallamos una paradoja: Esa Francia de la multilateralidad, paladín de los que no tienen voz ni voto frente al monolitismo angloamericano, es jacobinamente centralista. Es inclemente con las lenguas y culturas minoritarias de su territorio metropolitano, que no tienen ni carácter oficial ni esperanza de alcanzarlo y no busca otra cosa que la uniformidad francófona en el África negra y árabe.

La creación de instituciones multilaterales, por parte de las grandes potencias no es una cuestión criticable en sí misma. Todas, incluida Francia, tienen el derecho a defender sus intereses por los medios disponibles y honestos que mejor consideren. Ahora bien, no puede uno sustraerse al juicio secreto de las palabras: “ Fonía” y “ Polis” no deberían casar en la misma frase. El uso como herramienta política de este idioma universal puede y debe ser puesto en cuestión por aquellos que amamos a la lengua de Molière y ante todo y sobre todo, por quienes respetamos la lógica de los números.
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© 2007, Marcos A.Díaz

martes 11 de septiembre de 2007

La Francophonie: ce qui se cache derrière.

Langue et politique, encore une fois.

Il est certain que le français est une des plus importantes langues au monde. Il est parlé par 80 millions de locuteurs comme langue maternelle, et il est à la 13ème place des langues les plus parlées du monde. C'est la langue de la diplomatie et partage, avec l’anglais uniquement, la condition d’être officiel à l’ONU. Elle est aussi langue officielle de l’Union Européenne et d’autres organisations internationales. Néanmoins on voit parfois, certaines analystes qui ont une opinion passionnée et excessivement optimiste de son rôle actuel.
Quelques sources affirment que ce sont 290 les millions de locuteurs francophones et qu’elle occupe le 8ème poste. On a écouté à Radio France dire que « c’est la seule langue à être enseigné sur les 5 continents avec l’anglais, et la seul à le disputer l’hégémonie » (sic) .
La francophonie est l’ensemble des pays qui ont le français en partage, mais l’usage de la langue est très différente entre eux. Il faut le reconnaître. D’une part on a les pays où le français est la langue maternelle. C’est le cas de la France logiquement (64 mill), la Wallonie (4 mill), Monaco (35 000), la Suisse romande (1.5 mill) et les provinces canadiennes du Québec (7.5 mill) et Nouveau Brunswick ( 700 000). On pourrait ajouter les 2 millions de personnes que parlent le créole, une sorte de français qui mêle la syntaxe des langues africaines aux lexiques européens. L’Haïti et les Seychelles ont le Créole comme langue officielle. Malgré tout… ici finissent les limites du français réel.
D’autre part, il est certain que le français est la langue administrative et même officiel, de dizaines d’états africaines. Le français est resté comme un héritage de l’époque colonial servant à unifier les intérêts parfois divergeants des peuples qui forment les états multiethniques de l’Afrique noire. Ici on trouve la langue des anciens colonisateurs comme un trésor. Un outil efficient aux moyens de communication, à l’enseignement et à l’administration qui sert à unir les efforts des lingala et les kituba au Congo par exemple, pour oublier leurs diferénces ethniques. Pourtant, dire que le français est la langue des Congolais, des Ivoiriens ou des Marocaines est plus qu’une mystification.

Au sein de l’OIF (l’Organisation Internationale de la Francophonie) il y a un 3ème group de pays dont la francophonie est particulièrement étonnante. Je me suis arrêté seulement sur le cas de la Grèce, la Bulgarie, la Roumanie, la Pologne ou l’Ukraine en Europe de l’Est. Ce sont des pays historiquement sous l’influence successive et parfois simultanée d’autres puissances comme la Russie, l’Allemagne ou l’empire ottoman qui revendiquent bizarrement leur francophonie sur la base de que le français était la « lingua franca » jusqu’au XXème siècle et que leurs élites furent élevées en français ou en France, ( pas plus qu’à Londres ou aux États Unis). Si on regard le fait qu’ils n’ont jamais appartenu à l’empire colonial, que leur relations commerciales ont été moins que tangentielles dans certaines cas avec la France, et que quelques-uns d’entre eux n’utilisent pas même un alphabet latin, la question qu’on se pose est de savoir ce qui se cache derrière cette incorporation artificielle à la francophonie des pays où presque personne ne parle français. Dans les cas polonais, roumaine et bulgare la réponse est dans les dates d’incorporation à l’OIF et à l’UE. C’est claire que la France a été le parrain de ces pays pour s’incorporer en europe.
Alors est-elle la Francophonie, avec ce suffixe « -phonie », une construction culturelle et linguistique ou peut être est-elle un outil politique?
Son objectif final est la consécution d’un nombre suffisant de votes à l’ONU pour s’assurer la réussite de ses proposes, en échange d’un certain clientélisme diplomatique. Une épreuve certaine à un autre organisme international et multilatéral a été l’élection de la siège olympique de l’année 2012. Les membres du comité appartenant à la Commonwealth ont tous voté pour Londres et les membres appartenant à la Francophonie ont tous voté pour Paris. Nous nous souvenons tous de la question délicate posée par Albert de Monaco au moment décisif sur la sécurité à Madrid.
L’OIF est la réponse française légitime face aux autres organisations similaires comme la Commonwealth britannique, la ligue des pays arabes, la communauté d’états indépendants anciens membres de l’union soviétique, ou les sommets d’état iberoamericaines.
Le Commonwealth of Nations est l'association des pays ayant fait partie de l'ancien empire britannique (anciennes colonies ou protectorats). Ils partagent leur passé colonial commun sous le gouvernement de sa majesté et personne n’essai pas de le cacher. On ne se fait pas référence à la langue.

Le flux action- réaction a présidé la compétition franco-britannique tant aux temps coloniaux comme aux post-coloniaux. Voilà ce qu’on appelle en géopolitique le « complexe de Fachoda » le lointain endroit africain où les lignes d’expansion des empires emplaffonarent à la fin du XIXème siècle. Aujourd’hui la rivalité ne se manifeste plus sur les sables du Soudan mais au terrain des langues. D’après l’optique française on doit contrer l’hégémonie d’une vision unique du monde, celle des Anglo saxons, et la France doit mener un combat pour la diversité culturelle. Ici on trouve un paradoxe: La France multilatérale, diverse devant le monde anglo-saxon monolithique, opposé à une vision unique du monde à travers de l’OIF, est jacobinement centraliste. Elle est impitoyable avec les langues minoritaires sur son territoire métropolitain qui n’ont pas de caractère officiel avec le français et ne cherche que l’uniformité francophone en Afrique noire et arabe.
La création des ces genres d’institutions multilatérales par les nations puissantes n’est pas une question critiquable en elle-même. On a le droit, bien sûr, à défendre son intérêt par tous les moyens disponibles et honnêtes. Cependant on ne peut pas se soustraire au jugement secret des mots : « Phonie » n’a rien à voir avec « Polis ». L’usage comme outil politique de cette langue universelle, dont les frontières excédent le temps et l’espace, doit être mis en question par les amateurs de la langue de Molière et de la logique des numéros.

© 2007, Marcos A. Díaz

jueves 6 de septiembre de 2007

Los Ingenieros de almas en la escuela nacionalista.

¿Filólogos o Comisarios políticos?

Desde hace años trabajo en una región española cuyo nombre no hay por qué desvelar. El lector podrá deducir este dato fácilmente y me descargará de la responsabilidad de citar de forma explícita la mano que me da de comer y de ofender algunas sensibilidades. Baste decir que entre su población, plural y rica, no todos los ciudadanos hablan el castellano como idioma materno. Baste decir que en la vida cotidiana ambos idiomas, el español y el otro, conviven desde tiempos inmemoriales de forma pacífica como lo hacen sus respectivos locutores. La ósmosis cultural y lingüística de esta sociedad es tal que no cabe hablar de dos comunidades separadas; no son dos maneras de entender el mundo sino dos identidades culturales compatibles y complementarias; un matrimonio mixto bien avenido.
Esto es así o al menos lo era hasta la irrupción en escena, ayer por la tarde en términos históricos, de una siniestra casta: los Filólogos del tipo C (creo saber como son los del tipo G y puedo llegar a tener una lejana imagen de los del tipo V, pero me ceñiré a los primeros, con los que trabajo a diario)

El departamento de política lingüística de la consejería de educación y cultura de mi anónima Autonomía está constituido por sesudos tecnócratas que proceden del campo de la Filología del tipo C. Para su titánico proyecto de homogeneización a calzador, utilizan el corpus de una curiosa disciplina, la sociolingüística. En ella se esconde buena parte de la filosofía política que ha llevado a que ambas lenguas vayan camino de la asimetría en nombre de la sacrosanta obsesión identitaria. En ella se usan términos muy interesantes: barbarisme, substitució lingüística, llengua minoritzada y normalització. Veamos qué quieren decir:
a) barbarisme o estrangerisme: toda palabra proveniente de un idioma extranjero que contamina el nuestro. Siempre que se pueda, escudríñese el diccionario en busca del arcaísmo más lejano posible con el que pueda prevalecer la pureza de nuestra lengua (adivinen de qué idioma extranjero suelen venir casi todos los barbarismes).
(Añaden ellos a menudo: “como hicieron Franco y Felipe V”. Afirmo yo siempre: “tienen razón”)
b) Substitució lingüística: proceso por el que una lengua mayoritaria en un territorio es desplazada a la fuerza por otra impuesta por el orden político.
(Esgrimen una vez y otra: “Así hicieron Franco y Felipe V”. Asiento yo: “llevan razón”)
c) llengua minoritzada i normalització lingüística: idioma que debe ser reforzado por discriminación positiva para revertir el proceso de substitució. Medios: monolingüismo a martillazos en la administración, los medios de comunicación, la enseñanza, etc.
(Como Franco y Felipe V, por cierto... en este caso se olvidan de señalarlo)

En la administración encontraremos funcionarios afectos a la causa y en los medios a comunicadores de este pensamiento único. Parece lógico aunque mejorable. Es un poco más doloroso sin embargo, comprobar que en la enseñanza, mi gremio y la forja de las generaciones futuras, unos respetables colegas que imparten la asignatura de lengua “local” invierten casi tanto esfuerzo en la instrucción de la misma como en esta sociolingüística, vulgo propaganda comecocos.
Yo acuso directamente a mis compañeros de no ejercer como maestros de la gramática, la sintaxis o la literatura sino de ser comisarios políticos al servicio de una ideología. Se han convertido en la correa de transmisión de un ideario político que si bien tiene perfecta cabida en una democracia debería salir de las aulas inmediatamente so pena de convertirlas en cadenas de montaje ideológicas y el pórtico del totalitarismo.
El nacionalista excluyente, (pleonasmo aquí necesario) es enemigo de la convivencia y la pluralidad que a menudo dice defender. Y es que cuando quiere arrogarse la representatividad nacional a través de la pureza de sangre se da cuenta de que no estamos en el Berlín de entreguerras y se refugia en el pedigrí de la lengua como única y verdadera seña de identidad nacional. Una vez asumido este presupuesto, el otro hemisferio de la población, la castellanohablante se convierte en un cuerpo extraño. Una comunidad anómala que es necesario asimilar o expulsar a las tinieblas exteriores.

El caso es que los hechos son testarudos: la mitad de la población somos castellanohablantes. El hecho es que por más que me miro al espejo cada mañana no me considero una anormalitat que sea necesario normalitzar. A fuerza de hacer de la cuestión identitaria la religión pagana de nuestro tiempo y de convertir a la lengua en su eucaristía cotidiana el nacionalismo ha terminado por convertirse en el monstruo que tanto aborrecía.
Si aún no se ha percatado el lector de cual es la región española que describo en estas líneas no sufra, esa región española es la suya, aquella en la que usted vive. Recuerde que la mecha del totalitarismo en la escuela, de los comisarios políticos de la sociolingüística, y del nacionalismo y sus arrabales, pueden prender mucho más cerca de su casa de lo que usted se cree.

© 2007, Marcos A. Díaz

miércoles 5 de septiembre de 2007

Sobre el cheque escolar y Milton Friedman

Un partidario de la educación pública habla del cheque escolar.
Artículo publicado en "La Nueva España" (28/10/07)

Que la educación pública y gratuita es un factor de cohesión, es en mi opinión evidente. Que sin ella la paz social es imposible, también. Que un estado debe velar por su mantenimiento y desarrollo con el mayor celo... está fuera de discusión. Estas certezas no admiten duda, sin embargo el debate sobre cómo gestionar los fondos para que la educación pública sea eficaz y alcance sus objetivos, ya es harina de otro costal.

En la actualidad en nuestro país, el dinero del Estado para la enseñanza se canaliza en partidas presupuestarias a los centros de titularidad pública, o en conciertos en el caso de los colegios privados subvencionados. El itinerario del dinero lleva directamente de la administración al centro, sin pasar por el educando, sujeto de esa educación. La adscripción de los chicos a los centros es estrictamente geográfica y depende de la oferta del mapa escolar en cada distrito, por lo que la familia debe mandar a su hijo al cole más cercano en circunstancias normales. Este cole forma parte de una red de centros en el territorio competente, que son en teoría equivalentes en calidad y oferta educativa. La consecuencia de este planteamiento es la uniformización, y la incapacidad de sustraerse a ella por parte de los hogares más pobres, cuando buscan “otra cosa “ para sus hijos.

Las familias son diversas como lo son los individuos. Solo tienen en común el deseo de dar a sus hijos la mejor de las educaciones posibles. Unas tienen un ideario laico, otras quieren uno religioso, unas son partidarias de la escuela comprehensiva, otras de la selectiva. En unos hogares prima el interés por lo artístico, lo deportivo, las letras, las ciencias...En otros por la iniciación al trabajo y las destrezas manuales... Unos padres quieren que se enseñe a sus hijos en Inglés, Catalán, Español; que sean bilingües, trilingües...Es justo dar la adecuada atención a esta diversidad permitiendo la especialización en la oferta y la libertad para escogerla.

La idea del cheque escolar aporta una visión alternativa y sincrética sobre este problema. Su padre es Milton Friedman, premio Nobel de economía, quien la formuló por primera vez en los años 50. Consiste, resumiendo mucho, en que el Estado paga la educación de los niños directamente a sus familias con una cantidad fija por alumno, en lugar de financiar a sus escuelas. Las padres reciben un cheque escolar, que sigue al niño a un centro u otro en función de las prioridades que estos busquen, ideario, especialización educativa, idioma etc.
De aplicarse este sistema del cheque escolar y la liberalización de la oferta educativa, los centros públicos no recibirían una asignación fija y tendrían que competir entre sí para captar los cheques de las familias, mejorando así su nivel y eficiencia. El estado garantiza la escolarización de sus ciudadanos y a la vez no impone dónde y cómo ha de ser esta, sino que permite al individuo la libertad de elegir y pone a los centros ante la obligación del reciclaje y la actualización para no perder alumnos y sobrevivir.

La calidad prevalece gracias a la mano invisible del mercado en una síntesis entre liberalismo y estatalismo: la educación sigue siendo pública y gratuita, los padres pueden elegir la que consideren oportuna para sus hijos, los centros compiten entre sí y los niveles de calidad suben. Todos salimos ganando.


© 2007, Marcos A. Díaz

martes 4 de septiembre de 2007

Abstencionismo, Libertad y Democracia

Tocqueville y el pasotismo político.
Artículo publicado en "Asturias Liberal" (30/10/07)

En las últimas elecciones celebradas el 27 de mayo, conciudadanos de gran valía moral e intelectual me confesaron su pesimismo y decepción para con la clase política a derecha e izquierda del espectro. Severamente críticos y analíticos con el sistema, demandan listas abiertas, una reforma que haga más participativo y plural al juego de la democracia así como mecanismos que eviten a las fuerzas de mínima representatividad, actuar de bisagras por caprichos de la aritmética parlamentaria. Se niegan a comulgar con el procedimiento y aportan, no sin juicio, alternativas que les darían satisfacción. Muchos han adoptado la legítima decisión de no ejercer su derecho al voto y quedarse en casa el día de las elecciones. Mis respetos morales e intelectuales: he aquí el abstencionista activo.

Sin embargo en el mismo saco entran otros, que por falta de voluntad o medios descuidan sus deberes cívicos. El abstencionista pasivo, no muestra interés alguno por actualizar la información que necesita para alcanzar el juicio crítico y la capacidad de acción. Tampoco diversifica los canales de entrada de esa información y engulle como el cachalote con el krill, cuanto su emisora o tele de confianza le inoculan. Para cuando llega la inexorable cita con la democracia cada cuatro años, el pasivo no tiene opinión creada al respecto y cae en la abstención, o más bien en la inhibición.
Es el momento de recitar el mantra, de cantar todos a coro un ritornelo familiar. Una vieja canción titulada “son todos iguales”. En las cenas, bodas y banquetes, entre compañeros de trabajo, amistades y familiares siempre suena un genérico “ son todos iguales”, para referirse a los pilotos de la polis. En la cena de Nochebuena con el cuñado o con la abuela, siempre llega un “son todos iguales” que pone fin a las reflexiones políticas como el mazazo del juez sobre la mesa.
Desgraciadamente, en este aforismo tan breve y útil (como verdadero en ocasiones) se sacuden los apáticos a menudo, la terrible responsabilidad del compromiso democrático. Parece sencillo despachar una decisión fundamental con la mencionada cantinela. Parece también que las conquistas en el campo de las libertades civiles a lo largo de los últimos dos siglos nos han comprado un billete de ida y vuelta de súbdito a ciudadano. Somos súbditos y siervos no ya de los privilegios como en el antiguo régimen, sino de nosotros mismos, del instinto gregario tan propio de nuestra especie que no nos permite ver más allá. Hijos de la masa.

La menguante implicación del ciudadano en la gestión de la polis no es un mal de los tiempos modernos. Decía Alexis de Tocqueville, aristócrata él de gran linaje (y sin embargo el más constante demócrata que haya empuñado una pluma), que uno de los peligros de la democracia estriba en la falta de compromiso para con ella del homo democraticus. Esa criatura salida triunfante de la revolución y que empieza a escrutar el horizonte de su recién adquirida libertad. A la servidumbre de los privilegios le sustituye la servidumbre del microcosmos, del aquí y el ahora, de la tranquilidad y el bienestar, de la inhibición preventiva. Mientras el hombre pequeño de pequeñas miras se mete en sí mismo y deserta de ejercer su ciudadanía responsable, un inmenso poder se va formando sobre su cabeza sin que él lo sepa, como un negro nubarrón. Tanto más tiránico será el Estado, cuanto que al ciudadano más le parezca este una cornucopia o un tutor que le lleva de la mano como a un niño. Lejos de reaccionar, se encierra cada vez más en su concha y duerme plácidamente la siesta con la barriga llena y una bovina sonrisa de satisfacción en los labios. Tan grandes son las cadenas que el pobre desgraciado carga sin saberlo cuanto que su dependencia del Estado-Providencia aumenta más y más.
Le da igual quien gobierne sus destinos y lo que haga, siempre que no le toquen su medio de subsistencia, su vino y su equipo de fútbol o tonadillera favorita. Los periódicos, las asociaciones ciudadanas, los sindicatos y las mismas instituciones democráticas del sufragio y el parlamento le inspiran un aburrimiento insoportable. He aquí la menos deseable de las sociedades civiles. He aquí el totalitarismo y la tiranía a un paso.

Lo más divertido de la somnolencia democrática del abstencionista pasivo es que a largo plazo, es contraproducente, donde él la considera práctica:
Si no te ocupas de la política, la política se ocupará de ti” rezaba una pintada en un muro, no recuerdo dónde ni recuerdo cuándo.

© 2007, Marcos A. Díaz