Los mitos políticos y lingüísticos de la Francofonía.
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Ciertamente, la lengua francesa es uno de los idiomas más importantes del mundo. Es la 13ª lengua más habladas en el planeta con 80 millones de personas como hablantes nativos. El francés es lengua oficial de la unión europea y de otros organismos internacionales y comparte con el inglés únicamente, la condición de lengua de trabajo de las Naciones Unidas. Códigos, convenciones, tratados y diplomacia en general han sido arreglados históricamente en francés. Sus literatos están entre los más vendidos e influyentes de la humanidad...
Sin embargo se suelen escuchar muchos análisis y analistas que apasionados y optimistas en exceso, exageran su rol actual. Fuentes de innegable audacia afirman que ya son 290 los millones de hablantes francófonos multiplicando su predicamento por más de tres y ascendiéndole al octavo puesto del ranking. Por ejemplo Radio France el ente público galo, que ha llegado a afirmar: “ Nuestro idioma es la única lengua enseñada en los cinco continentes junto al inglés y la única en disputarle la hegemonía” (sic). Acotar las fronteras de la francofonía real y de la imaginaria puede arrojar un poco de luz al respecto.
La francofonía representa a ese conjunto de países que tienen al francés en común, pero en el que el uso que se le reserva a esta lengua varía diametralmente. Por un lado, los países en los que el francés es lengua materna: Francia, con sus departamentos y territorios de ultramar (64 millones), La Valonia belga (4 millones), Mónaco (35.000), La Suiza francófona (1,5 millones) y las provincias canadienses del Québec (7,5 millones) y Nuevo Brunswick (700.000). Se añaden 2 millones que hablan el Criollo, una variante del francés que mezcla la sintaxis de las lenguas africanas con los léxicos europeos. Este Créole o Criollo es lengua oficial en Haití y las Seychelles. A pesar de los malabarismos aritméticos... aquí terminan los límites del francés real.
Sin embargo se suelen escuchar muchos análisis y analistas que apasionados y optimistas en exceso, exageran su rol actual. Fuentes de innegable audacia afirman que ya son 290 los millones de hablantes francófonos multiplicando su predicamento por más de tres y ascendiéndole al octavo puesto del ranking. Por ejemplo Radio France el ente público galo, que ha llegado a afirmar: “ Nuestro idioma es la única lengua enseñada en los cinco continentes junto al inglés y la única en disputarle la hegemonía” (sic). Acotar las fronteras de la francofonía real y de la imaginaria puede arrojar un poco de luz al respecto.
La francofonía representa a ese conjunto de países que tienen al francés en común, pero en el que el uso que se le reserva a esta lengua varía diametralmente. Por un lado, los países en los que el francés es lengua materna: Francia, con sus departamentos y territorios de ultramar (64 millones), La Valonia belga (4 millones), Mónaco (35.000), La Suiza francófona (1,5 millones) y las provincias canadienses del Québec (7,5 millones) y Nuevo Brunswick (700.000). Se añaden 2 millones que hablan el Criollo, una variante del francés que mezcla la sintaxis de las lenguas africanas con los léxicos europeos. Este Créole o Criollo es lengua oficial en Haití y las Seychelles. A pesar de los malabarismos aritméticos... aquí terminan los límites del francés real.
Más allá de este círculo interno, no es menos cierto que el francés es la lengua administrativa e incluso oficial de decenas de estados africanos. El francés ha permanecido como una herencia de la época colonial que sirve para unificar los intereses, a veces divergentes, de los pueblos que conforman los estados multiétnicos del África negra. Aquí encontramos a la lengua de los antiguos colonizadores como un verdadero tesoro. Es la herramienta más eficiente en la enseñanza, los medios de comunicación y la administración para aunar intereses, para olvidar diferencias étnicas y construir un proyecto común. Ahora bien, decir que el francés es la lengua de congoleses, marroquíes o chadianos es más que una mistificación.
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En el seno de la OIF (Organización internacional de la Francofonía), hay un tercer grupo de países cuya francofonía es particularmente sorprendente. Me he detenido en el caso de Grecia, Rumania, Polonia o Ucrania, orgullosos miembros de la OIF allá en la Europa del este. Son países, históricamente bajo la influencia sucesiva y a veces simultánea de otras potencias como Rusia, Alemania o el Imperio Otomano. Reivindican su francofonía sobre la base de que el francés era “lingua franca “ hasta el siglo XX y de que sus élites habían sido educadas en Francia o en francés ( aunque no más que en Londres o con el paso del tiempo, en los Estados Unidos). Si reparamos en el hecho de que no han pertenecido jamás al antiguo imperio colonial galo, que sus relaciones comerciales en algunos casos con Francia han sido menos que tangenciales y que, remate, algunos ni siquiera utilizan un alfabeto latino, la pregunta que se plantea es: ¿Qué se esconde detrás de la incorporación artificial a la Francofonía, de países donde no se habla el francés? En el caso polaco, rumano y búlgaro la respuesta reside en sus incorporaciones a la OIF y a la Unión Europea. Francia ha sido el padrino de estos países en su deseo de entrar al club europeo y en la vida nada es gratis: ¿Es la Francofonía, con tan bello sufijo “-fonía”, una construcción cultural y lingüística o quizás será una herramienta política?
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Su objetivo final no es otro que la consecución de un numero suficiente de votos cautivos en la ONU, para asegurarse el éxito de sus iniciativas internacionales; un fino clientelismo diplomático. Otra prueba cierta en otro organismo internacional y multilateral fue la elección de la sede olímpica de 2012. Los miembros del comité que pertenecían a la Commonwealth votaron en bloque por Londres y los que estaban adscritos a la OIF lo hicieron por París. Aún recordamos la delicada pregunta formulada por Alberto de Mónaco, sobre la seguridad antiterrorista en Madrid en el momento decisivo del proceso. La OIF es la respuesta legítima de Francia frente a otras organizaciones similares como la mencionada Commonwealth británica, la liga de países árabes, la comunidad de estados independientes antiguos miembros de la extinta Unión Soviética o las cumbres de Estados Iberoamericanos. En el caso de la Commonwealth of nations sus miembros comparten un pasado colonial común bajo el gobierno de su majestad y nadie intenta esconderlo. Las implicaciones económicas del organismo, asoman en la etimología del término con desenvuelta sinceridad. No hay referencia alguna a la lengua como en el caso fracés.
El flujo acción-reacción ha marcado siempre la competencia franco-británica tanto en los tiempos coloniales como post-coloniales. Es lo que llaman en geopolítica el “Complejo de Fachoda”, como referencia al remoto rincón de África donde las líneas de expansión de ambos imperios colisionaron a finales del siglo XIX. Hoy la rivalidad ya no se manifiesta sobre las arenas del Sudán sino en el terreno de las lenguas, entre otros muchos. Según la óptica francesa es necesario equilibrar la visión unívoca del mundo de los anglosajones, y Francia es quien debe liderar la batalla por la diversidad cultural. El francés es la lengua de los no alineados, decía Boutros-Galli. En este punto hallamos una paradoja: Esa Francia de la multilateralidad, paladín de los que no tienen voz ni voto frente al monolitismo angloamericano, es jacobinamente centralista. Es inclemente con las lenguas y culturas minoritarias de su territorio metropolitano, que no tienen ni carácter oficial ni esperanza de alcanzarlo y no busca otra cosa que la uniformidad francófona en el África negra y árabe.
La creación de instituciones multilaterales, por parte de las grandes potencias no es una cuestión criticable en sí misma. Todas, incluida Francia, tienen el derecho a defender sus intereses por los medios disponibles y honestos que mejor consideren. Ahora bien, no puede uno sustraerse al juicio secreto de las palabras: “ Fonía” y “ Polis” no deberían casar en la misma frase. El uso como herramienta política de este idioma universal puede y debe ser puesto en cuestión por aquellos que amamos a la lengua de Molière y ante todo y sobre todo, por quienes respetamos la lógica de los números.
El flujo acción-reacción ha marcado siempre la competencia franco-británica tanto en los tiempos coloniales como post-coloniales. Es lo que llaman en geopolítica el “Complejo de Fachoda”, como referencia al remoto rincón de África donde las líneas de expansión de ambos imperios colisionaron a finales del siglo XIX. Hoy la rivalidad ya no se manifiesta sobre las arenas del Sudán sino en el terreno de las lenguas, entre otros muchos. Según la óptica francesa es necesario equilibrar la visión unívoca del mundo de los anglosajones, y Francia es quien debe liderar la batalla por la diversidad cultural. El francés es la lengua de los no alineados, decía Boutros-Galli. En este punto hallamos una paradoja: Esa Francia de la multilateralidad, paladín de los que no tienen voz ni voto frente al monolitismo angloamericano, es jacobinamente centralista. Es inclemente con las lenguas y culturas minoritarias de su territorio metropolitano, que no tienen ni carácter oficial ni esperanza de alcanzarlo y no busca otra cosa que la uniformidad francófona en el África negra y árabe.La creación de instituciones multilaterales, por parte de las grandes potencias no es una cuestión criticable en sí misma. Todas, incluida Francia, tienen el derecho a defender sus intereses por los medios disponibles y honestos que mejor consideren. Ahora bien, no puede uno sustraerse al juicio secreto de las palabras: “ Fonía” y “ Polis” no deberían casar en la misma frase. El uso como herramienta política de este idioma universal puede y debe ser puesto en cuestión por aquellos que amamos a la lengua de Molière y ante todo y sobre todo, por quienes respetamos la lógica de los números.
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© 2007, Marcos A.Díaz
2 Ver / Hacer comentarios:
Felicidades, Marcos, por esta magnífica entrada en tu blog. Hacemos votos porque el francés y lo francés reocupen su lugar en un mundo que no puede permitir orillar su legado a la construcción de una sociedad de la cultura.
Hola José Manuel !
Bienvenido de nuevo al blog. Gracias por tus amables palabras.
Comparto tu deseo por que el francés ocupe el lugar que se merece sin trampas ni añagazas y por que la cultura, las letras y la lengua no se manchen con el lodo de la política y los intereses creados...
...trop naïf peut-être, mais...
Un saludo
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